lunes, 15 de agosto de 2011

Monjes y ermitaños (5).- Vivir en una Cartuja


“Díme cómo vives y te diré quién eres”. Si el otro día usé este punto de partida para explicar lo específico de la arquitectura de una Cartuja, hoy lo haré para describir la vida diaria de un padre cartujo. Ésta se distribuye entre cinco horas en la iglesia, participando como monje en la liturgia comunitaria (Maitines/Laudes, Misa y Vísperas) y diecinueve horas en la soledad absoluta de su celda, que es su desierto de eremita. Durante la liturgia comunitaria los cartujos rezan juntos, pero tienen que mantener una regla de estricto silencio, sin que medie conversación alguna entre ellos. Silencio que solo pueden romper durante el paseo semanal cada domingo, y aun así solo entre los cartujos, porque este paseo tiene lugar por senderos rurales solitarios

Los padres de la Gran Cartuja de Grenoble, Francia, en su paseo semanal


De las diecinueve horas de soledad del padre cartujo en su celda, ocho lo son de sueño, aunque  partido en dos pedazos: los cartujos, padres y hermanos, se acuestan a las siete y media de la tarde y se levantan cuatro horas después para acudir en la iglesia a la liturgia de Maitines, que puede acabar a las dos y media de la madrugada; poco después se acuestan de nuevo para levantarse a las seis y media de la mañana e iniciar la jornada.

Las once horas restantes de vigilia diaria en su celda, las distribuye el padre cartujo del siguiente modo:
.- Durante unas cinco horas reza en su oratorio las restantes horas del oficio divino: Prima, Tercia, Sexta, Nona y Completas. Mientras que los monjes no eremitas, como pueden ser los cistercienses, hacen este rezo reunidos en el coro de la iglesia, igual que rezan los cartujos Maitines/Laudes y Vísperas, estos últimos rezan el resto de las horas mencionadas cada uno en su celda, aunque al mismo tiempo, llamándolos a ello la campana de la iglesia. De manera que este rezar aislados el resto del Oficio Divino es un acto comunitario pero llevado a cabo en estilo eremítico, desde la soledad y el silencio.
.- Dos horas las dedican a la lectura meditada de la Biblia y a la oración particular.
.- Una hora al estudio.
.- Una hora al trabajo manual en el tallercito o el huerto de su celda.
.- Una hora es de libre disposición; pueden tomar el sol, si es que luce, en su huerto,  dedicar tiempo adicional al estudio o al trabajo manual, llevar a cabo cualquier otra actividad no programada.



Las celdas de los padres cartujos se disponen, como ya hemos visto (en Monjes y ermitaños nº 3), alrededor del gran claustro. Imaginémonos ahora andando por uno de los largos corredores de éste. 





El rincón del vestíbulo donde se come,
con el ventanuco por el que entregan
la comida detrás.



Nos detenemos ante la puerta(1) de una celda. Junto a ella hay un ventanuco (2) a través del cual un hermano le entrega a cada padre cartujo la comida del día. Abrimos la puerta de la celda: entramos en un pequeño vestíbulo, en el que del lado del ventanuco hay una mesita y una silla (3) en las que el cartujo come; del otro lado un reclinatorio frente a una imagen de la Virgen (4), a la que el cartujo reza cada vez que entra o sale de su celda.
La alimentación del cartujo es muy sobria, una comida normal a mediodía y una pequeña colación por la tarde. Ayuna a pan y agua un día a la semana.  Y hay una prohibición absoluta de carne.
El culto a la Virgen María ocupa un papel central en la oración privada del cartujo en su celda. Cada padre cartujo reza diariamente el Oficio de la Virgen, a la que tiene entronizada tanto a la entrada de la celda como en el estudio. Lo acompaña como madre y protege su pureza.  






Desde este pequeño vestíbulo, a un lado se abre una puerta que da al taller (5), al otro sube una escalera (6) estrecha y empinada a la planta superior. En algun rincón de la planta baja puede estar el baño (7).



Taller de carpintería en la celda de un cartujo




El taller (5) es amplio; lo típico es que tenga un banco de carpintería, pero el único requerimiento es que se ejercite allí un trabajo manual, que podría ir desde la cerámica hasta la electrónica. Por el lado del taller que da al huerto hay un porche (8), acristalado o no, en el que el cartujo acumula la leña para su calefacción y puede tener un pequeño invernadero.

El pequeño huerto (9), privativo de cada celda, está rodeado de altas tapias, de modo que desde él no se ve sino el cielo. Puede ser un huerto o un jardín, lo que se le exige al cartujo es que críe allí algo vivo, que en muchos casos no son sino flores para adornar las imágenes de la Virgen que tiene en su celda.




La planta superior recoge la intimidad del cartujo y es el centro de su vida espiritual. Está dividida en tres partes. Ocupando más de la mitad del espacio un estudio (10) en el que el cartujo tiene una mesa de trabajo y una pequeña biblioteca. En un rincón, un oratorio (11), que imita el sillón y el reclinatorio que el cartujo tiene en el coro de la iglesia; allí rezará, delante de un crucifijo. El rincón restante está ocupado por la cama (12). 




Visión del conjunto estudio, oratorio y dormitorio




El dormitorio, abierto al estudio








 Aquí duerme el padre cartujo su sueño partido en dos. La cama es muy sobria, con una tabla de madera que soporta un fino colchón de borra. Sobre esa tabla enterrarán cuando muera al cartujo en un rincón del gran claustro, sin sudario ni ataúd que lo cubra.
Ese rincón está ocupado por el pequeño cementerio, la única parte del gran patio claustral sembrada con abundantes árboles, la mayoría cipreses, que para los monjes simbolizan el dedo de Dios.

 




El pequeño oratorio que se abre al estudio. Delante,
una estufa de leña para el frío invernal.





El oratorio de la celda, con su silla y su reclinatorio, que imitan los que el padre cartujo tiene en el coro de la iglesia.

Desde la celda rezará una buena parte del Oficio Divino, en un espíritu de comunión con sus hermanos monjes, pero en absoluta soledad.


Para terminar la descripción de los aspectos más importantes de la vida cotidiana de un padre cartujo, debo decir que siempre lleva puesto, directamente sobre la piel desnuda, un gran silicio hecho de cerdas de caballo. Este cilicio tiene la misma estructura de un poncho pequeño, es una suerte de gran escapulario con un orificio para meterlo por la cabeza y que cubre enteramente pecho y espalda, amarrándose con fuerza por los costados. Los hermanos están dispensados, pero los padres cartujos tienen que llevarlo puesto de por vida, noche y día, dormidos y despiertos, continuamente.
Recuerdo que cuando estuve en Miraflores y me entrevisté con el padre prior, le pregunté por este tema. Con una sonrisa, se golpeó fuertemente el pecho con la mano y me dijo: "el cilicio molesta algo durante los tres o cuatro primeros años, pero luego te acostumbras a él y ni lo notas".
Porque para los cartujos el silencio, la soledad y la dureza de vida son las puertas que les permiten salir del ruido del mundo para, a través de la oración, acercarse lo más posible a Dios.

En cuanto a los hermanos cartujos, que no tienen celdas eremíticas y se dedican principalmente al trabajo manual dentro del monasterio, su vida espiritual se rige por los mismos ideales que la de los padres. El silencio, la dureza de vida y la oración son también para ellos los elementos fundamentales de su camino espiritual.


También hay monasterios de mujeres cartujas, cuyas condiciones de vida y reglas son las mismas que las de los cartujos.Se dividen en monjas de claustro, similares a los padres cartujos excepto en que no son sacerdotes, y monjas conversas, equivalentes a los hermanos cartujos.

Hay una película maravillosa sobre la vida cotidiana de los cartujos que recomiendo vivamente. Se llama "El Gran Silencio", y la rodó en 2005 (empezó a pedir permiso a los cartujos en 1984) el cineasta alemán Philip Gröning, en la Gran Cartuja de Grenoble, Francia. Padres y hermanos cartujos, además del silencio, de su silencio, son los grandes protagonistas de esta película insólita y reveladora.