lunes, 4 de septiembre de 2017

El transcurrir del espaciotiempo

Mi ritmo de publicación en este blog ha disminuido. Mis lectores más fieles se preguntarán qué ha sido de mí y algunos pueden hasta llegar a preocuparse. Por eso quiero darles noticias mías. Me encuentro bien, aunque sometido a una continuidad de tratamientos quimioterápicos que inducen en mí una inevitable laxitud. El objetivo de la quimio es detener el crecimiento de las células tumorales, matándolas si es posible. Lo inevitable es que, falta de especificidad, también afecta la quimio a muchos tejidos sanos que necesitan crecer para renovarse: las células que tapizan tus mucosas, esa piel interior de tu cuerpo; las que forman tu cabello, tus glóbulos rojos y tu sistema inmunitario; las muchas que tienen que multiplicarse en ese todo tan complejo que es un cuerpo humano.

Trataré de contar mis novedades.

Empezaré por mis altibajos, que son ahora mucho menos psicológicos y más fisiológicos. Palpito al ritmo de los ciclos de quimioterapia, con sesiones cada dos o tres semanas, que me van llegando como grandes y solitarias olas de tempestad. Mi ánimo se mantiene estable pero expectante, atento a los acontecimientos, en una alerta permanente pero tranquila.

Luego está esa sensación de final de carrera. Ese reconocerte como próximo a tu meta física, a la que esperas encontrar tras cada una de las curvas o esquinas de tu camino, pero que de momento no se deja ver. Presientes la cercanía de la muerte con una naturalidad que ya no te sorprende. No te sientes viejo, menos todavía moribundo, porque no lo estás. Te asombras un poco al reparar en que la muerte es en muchos casos, ojalá en el tuyo, la culminación de la vida, y de esto te vas dando cuenta cada día, casi cada hora. Pero te asombras todavía más al evocar cómo en tu juventud, hasta en tu madurez, eras totalmente ajeno a este tipo de consideraciones.

Entonces descubres que lo que verdaderamente eres tú es un viajero en el espaciotiempo, como lo son desde tus semejantes hasta los millones de millones de cuerpos celestes que pueblan el firmamento. Aquellos mismos astros que viste en su profundidad, muchas veces entre nubes, en las noches oscuras y prodigiosas de Chiloé, y que ahora, en tu ciudad española de luz artificial, difusa y perenne, se te ocultan y solo puedes imaginarlos.

Ese espaciotiempo que, como Kant descubrió, es consustancial a nuestra existencia, te llama ahora poderosamente la atención. Tu muerte no va a ser sino tu expulsión definitiva del espaciotiempo. Te dolerá en los afectos que dejes muchísimo más que haya podido dolerte la extracción de la más maldita muela. Pero además te haces la misma pregunta que se ha hecho la mayoría de los humanos que ha estado antes que tú en tus circunstancias: si es que hay algo más allá de ese espaciotiempo al que naciste.

Tú quieres creer que sí, porque eres un hombre de fe. Pero eso no significa que seas capaz de hacerte una idea de la naturaleza de ese más allá. Incluso crees que te sería imposible siquiera barruntarlo desde dentro del espaciotiempo en que ahora estás.

Tu fe te dice que hay una vida eterna que no es espaciotemporal. También que esta vida eterna, aunque le haya sido prometida por Jesús a todos nosotros, hay que ganársela personalmente. Dudas de que esto pueda improvisarse a última hora, aunque tampoco crees que tenga que irse haciendo, paso a paso, a lo largo de toda una vida. Y es que la expresión ganarla o perderla, ahora lo ves, carece de sentido en este caso. Por eso concluyes que, siendo el significado de la muerte el de una salida violenta del espaciotiempo, te será imposible predecir con qué  vas a encontrarte en el más allá, si es que acaso te encuentras con algo.

Todo esto te lleva a rezar. Descubres la profundidad de la oración, su poder. Rezas durante una parte de tu paseo cotidiano con Curro, y al hacerlo no puedes evitar distraerte con lo que te rodea o con tus pensamientos, pero sabes que pese a todo este ruido tu oración no pierde su valor. Quizás como el om mani padme om que sigue el ritmo de los molinetes tibetanos de oración, al menos así te lo imaginas. Intentas rezar con tranquilidad, sin dobles intenciones, te esfuerzas en ello. Y entre tus oraciones se intercala con frecuencia una petición constante, pero nunca angustiada, de misericordia. Esa misericordia que, ya en el Antiguo Testamento, era vista como una manifestación en el espaciotiempo de Dios mismo.

Además, como telón de fondo de todo lo escrito hasta ahora, vives intensamente tu vida cotidiana, tus tareas pendientes, tus estudios, tus lecturas, tus relaciones con la gente a la que quieres, tu ir y venir, tu comer y dormir, tu soñar, tu imaginar, las tardes, las noches, los amaneceres, los días, el calor y la lluvia, el cielo y el suelo. Tus deudas pendientes, tu pasado, lo que fue, lo que pudo ser, lo que no pudo. Tus esperanzas, tus ambiciones, tus éxitos. Y dedicas el tiempo que te sobra, cuando tienes ganas, a reorganizar tu biblioteca a la vez que manoseas y relees fugazmente los libros que te dejaron marcadas sus huellas.


Bello, apasionante, que es ese vivir en el espaciotiempo. Bendito sea.

Quizá haya sido ésta, desde muy joven, mi pintura favorita:
El Senecio de Klee.

sábado, 19 de agosto de 2017

Barcelona y el odio

La imagen corresponde al incendio de este verano en el Coto Doñana, cerca de Sevilla.
Pero quiere representar a la Destrucción, en su sentido más universal.


Finalmente, lo que tenía que pasar pasó. El terrible atentado de Barcelona estaba al caer, eso lo sabían todos los que querían saberlo. Y según lo que nos cuentan, si no hubiera volado por los aires la casa donde los terroristas preparaban sus explosivos, habría sido todavía más sangriento.

Los capturados hasta ahora por la Policía, todos o casi todos ya muertos, han sido los ejecutores materiales del atentado, un puñado de jóvenes de origen marroquí sin preparación militar ni ficha policial previa. Las características conocidas del asunto hacen inevitable la conclusión de que formaban parte de un grupo terrorista organizado. Posiblemente dependían organicamente del ISIS, es decir, tenían unos enlaces y unos inspiradores que muy probablemente no aparecerán nunca.

Las víctimas, quince mortales, otras tantas en estado muy grave y hasta un centenar más de heridos, pertenecían a casi treinta naciones distintas y representaban fielmente al tropel de turistas que llenaba estos días Barcelona, es decir, al ancho mundo. Todos, indudablemente, inocentes hasta la mismísima médula de sus huesos. Pero de eso precisamente se trataba, de cometer un crimen inútil, injustificable. Algo que pusiera claramente de manifiesto el alcance diabólico, refinado, ciego y bestial, del odio químicamente puro.

Porque ha sido el odio quien se ha asomado a Barcelona. El odio es el rey de los demonios. Cuántas veces lo hemos visto saltar como una chispa en un rincón cualquiera para ponerse a recorrer el mundo aleatoriamente, como un remolino al rojo vivo, creciendo y creciendo y destruyéndolo todo a su paso. Luego nosotros los humanos podemos analizar el asunto con nuestras herramientas, racionalizarlo, encontrar mil motivos más o menos ocultos que expliquen, sin justificarlo, lo que ha sucedido. Pero esto no es sino un ejercicio de autocompasión que nos permite mantener a salvo nuestras esperanzas.

El odio no tiene explicación. Como fuerza ciega que es lo único que tiene, aquí y ahora, es un comienzo y un final. Aparece inesperadamente, destruye y vuelve a esconderse. Hasta que reaparece de nuevo.

Merece la pena detener el pensamiento en este asunto. Sin sobrecogerse, sin salir a la búsqueda de una explicación. Simplemente oliendo, palpando, viendo y escuchando al odio.

domingo, 9 de julio de 2017

DELIRIO

He entrado ya en mi segunda batalla contra el cáncer. Pronto las cosas se me han complicado: a la semana de un primer ciclo quimioterápico con carboplatino+etopósido, he tenido que ingresar en el hospital con fiebre muy alta causada por una neutropenia severa. Después de tres días allí sometido a un tratamiento antibiótico intenso, he vuelto a recuperar mi normalidad fisiológica y estoy de nuevo en casa, listo para iniciar un segundo ciclo y más convencido que nunca de lo maravillosa que es la vida, ese don que, por congénito, no solemos apreciar mientras se tiene.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar aquí, sino del delirio que me ha sobrevenido durante el tratamiento hospitalario. Se trata de una complicación derivada de la complicación que me llevó al hospital y ya se sabe, las complicaciones suelen encadenarse unas con otras en una nefasta cadena causal, Murphy lo predijo. La American Cancer Society describe el delirio como posible en pacientes tratados con quimioterapia, y probable en los que de entre ellos tienen más de sesenta años, una condición ésta que yo cumplo con brillantez. A mí la experiencia del delirio me ha parecido fascinante, quizá como lo es cualquier viaje que las circunstancias te obliguen a hacer a las profundidades de tu cerebro. Es esta fascinación la que quiero compartir con mis lectores.


Empezaré con unas necesarias generalidades. La actividad cerebral, como cualquiera otra, puede sufrir trastornos. Los más leves pueden nombrarse como simples trastornos psicológicos, y cuando traspasan la línea de la enfermedad como psicopáticos. Dicho esto, los trastornos relacionados con nuestra percepción de la realidad podemos clasificarlos en función de su duración en el tiempo: si muy cortos, los llamamos alucinaciones, que no son solo visuales; si  cortos, de hasta pocos días, delirios; si, traspasando ya la barrera de la enfermedad, llegan a durar semanas, brotes psicóticos; y si son más largos o hasta crónicos verdaderas psicosis como la esquizofrenia, la depresión, etc. Debo aclarar que toda esta descripción es personal y elaborada con un afán divulgativo.

Una diferencia fundamental entre la alucinación y el delirio es que mientras la primera crea una realidad nueva, o mejor, una realidad irreal, el delirio percibe una realidad verdadera pero, conservando sus parámetros básicos, la reconstruye, reinterpretándola. 







El famoso cuadro de Mundt, El Grito, es un buen ejemplo de un trastorno delirante: el puente, el río, la playa plomiza y la mar lejanas, el cielo incendiado del crepúsculo y el humano que se tapa los oídos, todos estarían allí, pero el genial Mundt  delira para poder expresar a través de esa escena real una angustia que subyace a todo lo aparente y nos conmueve profundamente. 











Mientras que el no menos famoso cuadro de Grosz, Las danzas del hombre gris, podría ser un buen ejemplo de alucinación. Nada en él es real, al menos no lo es ese muñeco grotesco  que quiere representar a un humano y de hecho representa una visión alucinada de lo humano, cosificado por las influencias de la desgracia, la injusticia y la guerra. En los oídos le han atornillado dos chapas para que no oiga, el cerebro se lo han vaciado y rellenado de bolas que podrían ser de acero para que no piense, la boca se la han cosido para que no hable, la piel se le han convertido en vestido que cubre un cuerpo totalmente vaciado, etc. Sin embargo el hombre-muñeco danza frenéticamente al ritmo de las órdenes infernales que le llegan desde el taller y la oficina que constituyen todo su horizonte. 





Ahora paso a describir mi experiencia de delirio.

Mi habitación de hospital tiene una estructura sencilla: algo así como un cuadrado en cuya pared digamos Norte se apoya una cama clínica y a su lado, en la esquina NW, un sillón de reposo. En el centro del lado E se abre una gran ventana. En el lado S, apoyada en la esquina SE, una pequeña cama para el acompañante. Rematando todo en la esquina SW por un pequeño pasillo al que se abre un cuarto de baño y al fondo la puerta de salida.

Ingreso en ella desde Urgencias, ya de noche, y a lo largo de las muchas horas de oscuridad e insomnio, salpicadas de preocupación y  stress, esta habitación se convierte en algo así como mi entero universo.

El día siguiente transcurre con tratamientos antibióticos y coadyuvantes por vía intravenosa. En todo momento desde que ingresé me ha acompañado, afortunadamente, alguna de mis dos hijas, M y P. Esta primera noche la paso con M. La próxima será P quien vele junto a mí.

Llegada esa segunda noche y cuando me toca echarme a dormir es cuando mi percepción de la realidad empieza a alterarse. No consigo coger el sueño. Me doy cuenta, y esto es ya alucinatorio pero todavía no delirante, de que mi habitación se ha convertido en una gran sala ocupada en su centro por un extraño templo. Entro en él. Está lleno de grandes tinas, ordenadas en filas y columnas, que contienen lo que podrían ser bellotas o nueces y en las que entrenadan algunos que me son totalmente desconocidos. Yo lo hago también. Nadando en seco entre las bellotas le rezo, quizá simplemente le increpo, a un Dios al que percibo frente a mí y al que pido compulsivamente mi curación a la vez que floto y nado entre las bellotas. La escena es profundamente pagana, en cuanto a que mi relación con ese extraño Dios solo tiene como motivo mi eventual curación.

De pronto no solo las tinas llenas de bellotas sino el templo que las contenía y hasta mi entera habitación desaparecen. Yo me encuentro solo en mitad de la noche y en el seno de un campo inmenso como el mar,  con algunos árboles que destacan sobre un fondo muy lejano. Sé que hay otros que también se mueven por allí, aunque no los veo, pero los oigo sin entenderlos. También sé que todos recibimos órdenes de que vayamos bailando una danza grotesca, cuyo final será nuestra entrada en los Estados Unidos de América. Así paso un buen rato, cada vez más convencido de que aquello es una inmensa tomadura de pelo, y por ello crecientemente indignado.

Súbitamente, este campo cubierto por un extraño cielo nocturno, porque no tiene ni nubes ni estrellas ni Luna, también desaparece. Yo me encuentro de nuevo en mi habitación de hospital y es ahora cuando mis alucinaciones empiezan a tornarse en delirios. Porque esta habitación, manteniendo su topología, ha cambiado los ratios entre sus dimensiones y su entera apariencia. Ya no es una habitación de hospital sino algo que va adoptando distintas formas con una característica común que yo percibo con certeza: aquéllo es el punto de espera de un encuentro. Pero ¿de qué se trata? Mi sentimiento es que ese alguien que va a llegar tiene una naturaleza que oscila de manera delirante entre lo liberador y lo opresor, pero cuya llegada yo ansío porque acabará con mis incertidumbres.

Recuerdo todavía nítidamente, y por eso me apresuro en transcribirlo, una de esas apariencias cambiantes de mi habitación, quizá la más frecuente. Mi cama sigue estando en su sitio pero ya no es una cama, sino algo así como el hoyo remotamente cónico producido en la tierra madre por alguno de aquellos proyectiles de artillería de la I Guerra Mundial, que machacaron los campos de Verdun más que hubieran podido hacerlo todos los arados galos, romanos o francos que los surcaron durante veinte siglos.

La cama de mi acompañante, esta noche mi hija P, lo mismo está y entonces no es sino la sombra oscura de un centinela agazapado, que desaparece en la negrura de aquella esquina SE. El techo no existe, al menos si lo hace se pierde en las alturas, el sillón de descanso es un conjunto desordenado de alambradas y el pasillo un trozo de chapa que cuelga como una triángulo acuchillado de un vértice en lo alto y se mueve caoticamente cuando el viento lo empuja.

Mi delirio es alimentado por una obsesión: ese que tiene que llegar puede hacerlo en cualquier momento y yo debo salir a esperarlo. Porque para bien o para mal me sacará de allí y eso es lo que más ardientemente deseo.

Aquí empieza mi lucha delirante con P, mi hija/centinela. Cada vez que yo me levanto para huir de mi hoyo, su sombra se mueve en la oscuridad y avanza hacia mí, deteniéndome. "No papá", dice, "acuéstate, es madrugada y el médico no vendrá hasta mañana". En este forcejeo nos mantenemos durante un tiempo indefinido que a mí me parece interminable. Intento convencerla de que debemos esperar fuera, pero ella se niega a permitírmelo. "¿Cómo es posible?" pienso, y hasta llego a dudar que se trate de mi hija P, y hasta llego a ver, en medio de aquella delirante oscuridad, rasgos en su rostro que no me resultan familiares. Incluso empiezo a temer que todo aquello no sea sino una conspiración contra mí.

Así pasan las horas. A veces consigo vencer su voluntad diciéndole que tengo que ir al baño. Me lo permite y cuando paso ante la puerta del cuarto de baño no consigo rebasarla, la realidad me succiona desde allí dentro, porque el cuarto está lleno de luz y tiene un aspecto totalmente normal: todo en su sitio, todo real, limpio y ordenado. Pero en cuanto vuelvo a lo que debía ser mi habitación me encuentro de nuevo el campo devastado de Verdun.

Hasta que amanece. A medida que la luz del alba va entrando a través de la ventana me va expulsando de mi delirio. La chapa rasgada a la que movía el viento desaparece, la puerta vuelve a ser puerta. Mi hija P está allí, junto a mí, con el cansancio de una noche en blanco marcado en su bello rostro. Yo voy dándome cuenta de mis horas de delirio y confusamente intento pedirle perdón. No sé si lo hice, no puedo recordarlo.

En cualquier caso hubiera querido abrazarla. Nada más que eso. 

(P.S. En agradecimiento a mis dos guardianas permanentes, M y P. Y a J, que estaba allí sin estarlo)






















viernes, 30 de junio de 2017

La caca del Trauco es / un moho mucilaginoso es / la caca del Trauco es / un moho mucilaginoso...

Eureka! Un artículo publicado en Le Monde me ha permitido confirmar una vieja sospecha, que la caca del Trauco es un moho mucilaginoso, concretamente el famoso Physarum polycephalum. La evidencia que aporto es el parecido extraordinario entre las fotos que yo he tomado de la caca del Trauco en Duhatao y otras muchas fotos de Physarum polycephalum que pueden descargarse de Internet.


A la izquierda y abajo, fotografías tomadas por mí  de dos incidencias distintas de aparición de la caca del Trauco junto a mi cabaña en Duhatao (Chiloé). A la derecha arriba, una fotografía de Physarum polycephalum de la colección Getty.


Este moho es una criatura extraordinaria, que ha sido capaz de despertar la imaginación y el interés de muchas mentes orientadas hacia laCiencia. Vive en bosques húmedos, como
Ciclo de vida de Physarum polycephalum (tomado de Miguel Ulloa .

los de Chiloé, y cuando las condiciones ambientales son favorables es capaz de aumentar de tamaño a velocidades extraordinarias, del orden de centímetros por hora.

Lo que vemos macroscópicamente en las masas amarillas de las fotos suele ser una sola célula, pero dotada de miles y hasta millones de núcleos. Es capaz de desplazarse de un sitio a otro con un movimiento ameboide, y también de muchas otras cosas extraordinarias que pueden consultarse en la literatura. A su manera, está dotado de una inteligencia que no es neuronal, sino sincitial, es decir, el resultado de las decisiones elementales tomadas por cada uno de sus numerosísimos núcleos y los dominios de citoplasma que rodean a cada uno. Estos elementos de un todo indivisible exploran su entorno y deciden, particularmente en los bordes de la gran masa plurinuclear, si crecer o no hacerlo en ésta o en aquélla o en aquélla otra dirección. 

En experimentos adecuados los científicos han conseguido que una megacélula de Physarum dibuje con aterradora precisión el mapa del metro de Londres o el de carreteras de España, o cualquier otra geometría hecha de un conjunto de nodos y conexiones entre ellos.

Dicho pues queda. Pero me falta considerar lo más interesante de todo: siendo cierto que la caca del Trauco es una megacélula de Physarum polycephalum, también lo es que esta megacélula es la caca del Trauco, o sea, una huella excretada por ese espíritu de los bosques chilotes que es el Trauco, para dejarnos a los humanos señales de su existencia. Esta permanente relación bidireccional es la que he intentado expresar en el título de esta entrada.

¿Cómo explicarlo? Los humanos tenemos un cerebro cuya naturaleza podemos ver como biunívoca. Piensa pero siente, decide pero duda, razona pero intuye, simplifica pero complica, ve pero es ciego, etc. Una de las expresiones más conspicuas de este cerebro nuestro es el lenguaje, que consiste en la creación de palabras, su conversión en conceptos y su integración en frases con la ayuda de gramáticas. Lo biunívoco del cerebro también se aplica a sus lenguajes. En general, podemos afirmar que los cerebros humanos desarrollan dos grandes tipos de lenguajes: el lógico frente al mítico. Uno y otro son imprescindibles para que los humanos lleven adelante su vida en el mundo. El lenguaje lógico es instrumental, trata de la relación entre causas y efectos. El mítico es interrogativo, trata de la relación entre la luz y la sombra, la claridad y el misterio. El lenguaje lógico es racional, el mítico sentimental.

A lo largo de su trabajosa evolución, los humanos han ido desarrollando ambos lenguajes en direcciones que son opuestas. Incidentalmente, vivimos ahora una época de predominio del lenguaje lógico.  Aun así, el lenguaje mítico también ha alcanzado un gran desarrollo, basta para comprenderlo imaginar lo que está pasando por los cerebros de las multitudes en un gran concierto al aire libre, ante miles de fans, de un ídolo del rock.

Una de las grandezas culturales de Chiloé nace de su proximidad a la Naturaleza. Hay muchas huellas en Chiloé de la importancia que durante miles de años ha tenido para los humanos el lenguaje mítico, ese que permite convivir con una Naturaleza no dominada, formando una parte más de ella, con una integración total. El shamanismo antiguo fue capaz de manejar  con maestría los dos lenguajes, el lógico desarrollando toda una botánica médica, el mítico levantando una cosmovisión impregnada de espiritualidad. En aquel shamanismo, y en sus herederos espirituales que todavía viven en el mundo amerindio y campesino, la Naturaleza tiene una condición básica que es espiritual. Así el bosque no es solo una congregación de árboles. Mucho más que eso, el bosque es el espíritu del bosque, que se manifiesta en todas las formas vivas que contiene y en todos los fenómenos que tienen lugar en sus inmensidades sombrías. De esta espiritualización del mundo nació una mitología riquísima, algunos de cuyos personajes sobreviven todavía. Uno es el Trauco, que no es ese enano feo y libidinoso con el que muchos lo caricaturizan, sino el espíritu del bosque, al menos uno de los espíritus que pueblan el bosque. Como cualquier otra realidad espiritual, el Trauco se comunica con los humanos, esos pobladores del Sur de Chile que durante miles de años  de vida en el bordemar, han estado siempre mirando de reojo al bosque que se extendía a sus espaldas, temiéndolo  pero también respetándolo. ¡Hay tantas historias maravillosas de esta relación entre el Trauco y los humanos! Una de ellas es la de la caca del Trauco, que más que una feca es una señal sagrada que el Trauco deja en los límites de su territorio para advertir de su presencia y sugerir quién es el dueño de aquellas soledades.

Por todo esto, la caca del Trauco no es simplemente el sincitio ameboide del moho mucilaginoso Physarum polycephalum. Es eso, claro que sí, pero también es algo más. Es la señal que nos recuerda la existencia de una realidad espiritual, el Trauco, espíritu del bosque. Además de sus ácidos nucleicos, proteínas, fosfolípidos, y todo el aparataje de una biomasa celular, ese montoncito de materia de color amarillo vivo y apariencia muy húmeda y frágil, es una señal que nos llega desde lo profundo del bosque, y que inspira en nosotros respeto ante misterios que nunca podremos comprender si nos limitamos a usar un lenguaje instrumental. Al menos eso es, todavía hoy, para muchos campesinos chilotes que cuando la encuentran en lo alto de un viejo tronco caído, en la mañana húmeda, cuajada de rocío, la queman ceremonialmente y permiten que, al menos durante unos minutos, el misterio de lo trascendente, de lo que no es visible, ni siquiera lógico, los penetre.

También es ese misterio para mí. Cuando empecé a ver cacas del Trauco en Duhatao sospeché enseguida que podía tratarse de un Mixomiceto. Pero también sentí que en aquellos fenómenos había un mensaje trascendente que me llegaba del bosque cercano, y que yo compartía con mis vecinos campesinos de la zona. Me llené de curiosidad a la vez que de respeto. De alguna manera nada lógica, me sentí saludado y reconocido por una realidad espiritual que, como tal, estaba fuera del espaciotiempo.

domingo, 18 de junio de 2017

El día del Juicio.

Ayer fue un día terriblemente caluroso, llegando a media tarde a los 44ºC. Retrasé todo lo posible mi paseo vespertino con Curro. Cuando por fin salimos, ya anocheciendo, el bofetón de calor se abatió sobre nosotros implacable, como la masa de aire ardiente que era.

Quizá por todo eso me surgió, inesperadamente, una extraña pregunta: ¿qué sería de mí en un juicio final al estilo bíblico, puesto yo ante el juez severo del Antiguo Testamento o el juez misericordioso del Nuevo? Sabía que era una pregunta sin respuesta, pero me llevó a hacer un repaso crítico de mi vida. No voy a entrar en pormenores, pero sí quiero describir los paisajes que me he ido encontrando.

Lo primero que he visto es que yo, como cualquier otro humano, casi siempre me he limitado a reaccionar frente a fuerzas, presiones o corrientes exteriores a mí y además incontrolables por mi voluntad. Serán por tanto esas reacciones mías las sometibles a juicio, aunque no todas, sino solo aquéllas en las que yo tenía libertad para elegir entre varias alternativas. Lo enjuiciable está, por lo tanto, no en mis reacciones, sino en las decisiones en que libremente las he basado.

Lo siguiente que he visto es que a veces lo que me ha movido a la acción no ha sido un acontecimiento exterior, sino pulsiones interiores, nacidas de mis convicciones o mis deseos. Pero aquí también mi voluntad libre ha tenido que elegir entre varias alternativas, y cuando la elección ha sido éticamente reprobable mi conciencia lo ha detectado.

Inmediatamente mi cerebro ha unificado los dos campos anteriores. Ya se haya tratado de reacciones o de proacciones, el problema ético estaba en mi lucha interior entre pulsiones o convicciones o deseos contradictorios que nacían de mí, de modo que uno terminaba venciendo y era el responsable de mi decisión final.

He dejado a un lado mis reflexiones para cenar y luego me he echado a dormir.

En mitad de la madrugada me he despertado y he tenido, súbitamente como suele ser el caso, lo que solo puede describirse como una iluminación. No serán mis buenas o malas acciones los componentes principales del juicio al que puedo ser sometido, sino mis omisiones.

Es decir, mis renuncias, mis cobardías, mis abandonos, mis silencios, mis indiferencias, mis frialdades, mis traiciones. En definitiva, mis faltas de amor y de coraje.

De estas sí que he sido y seré, verdaderamente, el único responsable.


Y respecto a todas ellas, que ya no tienen remedio, lo único que puedo hacer es buscar dentro de mí un verdadero arrepentimiento y pedir misericordia, o lo que es lo mismo, perdón.

Parábola de los Talentos (Mateo, 25).- Grabado en madera fechado en 1712, cuyo origen desconozco.
Cuando el dueño vuelve a la casa y pide cuentas a sus criados de los dineros que les dejó, dos le están mostrando cómo los han multiplicado haciendo uso de ellos. Un tercero fue cobarde y enterró, para no perderlo, todo lo que había recibido

domingo, 4 de junio de 2017

LA VOZ

He ejercitado a lo largo de mi vida mucho más mis ojos que mis oídos. He leído mucho y conversado poco, de una canción me ha gustado más la melodía que la letra, he amado el silencio. Aun así he hablado durante innumerables horas como profesor en la Universidad, pero era yo el único que lo hacía en el aula y además apenas me escuchaba, enfocados como estaban mi cerebro y mis sentidos sobre las ideas y argumentos que intentaba expresar.

Sin embargo conservo sonoramente vivo el recuerdo de las voces de las mujeres que amé, los amigos que quise, los niños que fueron mis hijos, unas hablando, otras  gritando o susurrando.

Todas esas voces añoradas, más aún, cualquier voz humana, son puertas por las que se derrama sobre ti el alma de la persona a la que escuchas, su inteligencia, su sensibilidad. Cada voz tiene una música, la suya. Siempre es así, sea cual sea el idioma y la cultura de quien la expresa. Incluso, tantas veces, en lo melódico de una voz hay un lenguaje secreto que solo entiendes tú porque va dirigido específicamente a ti.

Pero en realidad yo, que he hablado mucho hace pocos días gracias a que alguien me indujo a hacerlo, soy, ya lo he apuntado antes, un hombre taciturno, silencioso y solitario, más mirón que parlanchín, más observador que conversador, hasta más místico que retórico.

Quizá sea precisamente por esta forma de ser mía por lo que he podido darme cuenta cabal de la belleza y la fuerza, en definitiva la verdad, que se encierran en los tonos y las músicas de los que tienen la suerte de entablar una conversación amistosa y sincera.


¡Claro que sí! ahora lo entiendo. Eso es lo que, en mi juventud, hacían los novios cuando empezaban a quererse y los amigos cuando se daban compañía: asomarse juntos a paisajes mentales que eran nuevos y por eso únicos. Eso es lo que también pueden hacer los viejos.

jueves, 25 de mayo de 2017

Mis libros subversivos


Una pasión por la lectura ejercitada durante toda mi vida me ha llevado a acumular una biblioteca de casi tres mil libros, esparcidos por mi casa en un inevitable desorden que me ha hecho olvidarme de muchos de ellos. Ahora los estoy reordenando por materias. A la vez los toco, quito la finísima capa de polvo que cubre a los más olvidados, los abro, releo algunas páginas, los recoloco finalmente en un sitio que les sea familiar, entre amigos, donde puedan vivir su vejez y olvidarse cariñosamente de mí.

Disfruto mucho con esta tarea, que en buena parte es un recordar las distintas etapas de mi vida. Diablos, ¡qué larga, qué ancha, qué honda es una vida humana! Mis libros me traen el recuerdo vivísimo de lo que fui, es decir, lo que soñé y anhelé, lo que descubrí, aquello en lo que creí o por lo que luché. Cuando pienso en toda la profundidad de mi vida, toda su altura, me doy cuenta de que lo mismo es el caso de la inmensa mayoría de los humanos, tengan libros o no, sepan leer o no, sean ricos o pobres, hombres o mujeres, viejos o niños. ¡Qué honda es una vida humana, esa combinación indestructible de un cerebro que piensa con un corazón que siente con unos sentidos que cantan la extraordinaria riqueza de la realidad! ¡Qué afortunados somos todos los humanos por el simple hecho de vivir, cuán agradecidos debemos estar a todos los que nos lo han hecho posible!...

Pero no estoy intentando escribir un ditirambo de tanta maravilla. Esta tarde me he tropezado con un rincón olvidado de mi biblioteca donde se acumulaban muchos de mis viejos libros “políticos”. Yo nací cuando empezó la II Guerra Mundial, y viví toda mi juventud y una parte de mi madurez en la España de Franco. La dictadura de Franco que yo conocí no era excesivamente represora, de hecho se la llamaba con cierta ironía “dictablanda”. Quiero decir que la represión no se percibía abiertamente en la vida diaria. Solo sucedía que la libertad estaba ausente, nada menos que esto, no podías salirte  de una senda muy monótona, desde la que nunca se veía ningún horizonte. Muchos jóvenes, particularmente los universitarios, éramos, por lo que acabo de decir y por nuestra juventud, profundamente antifranquistas, muchos éramos marxistas al menos in pectore. He encontrado hoy libros del joven Marx, aquél soñador que todavía era un humanista. Pero también de Lenin y Mao Tse Tung (así lo escribíamos entonces), de Trostsky y de algunos educadores que nos enseñaban marxismo (Gramsci, la chilena Martha Harnecker y sus “Conceptos elementales del materialismo histórico”, tantos otros). Enseguida me ha venido la intensa evocación de aquellos tiempos, cómo vibrábamos con aquellas ideas, cuán marxistas, hasta comunistas, nos sentíamos entonces.

Y no he podido evitar una cierta melancolía. ¡Qué lejos estamos ahora de aquellas vivencias! El comunismo soviético implosionó, el chino se ha convertido en un férreo capitalismo de estado. Ya no hay revolucionarios que crean en la posibilidad de una transformación violenta del mundo, porque no podemos considerar como tales a los terroristas de la Yihad. Hace pocas semanas terminé de leer “Vida y Destino”, de Vassily Grosman, que me reveló, con la precisión y la emotividad que solo puede tener un novelista ruso, lo terrible del Stalinismo, que no pretendió liberar a los oprimidos, sino construir un estado soviético sin alma. Aunque ya hace muchos años que fue Solzhenitzyn, otro novelista ruso, quien me abrió los ojos sobre la realidad de Stalin y el Gulag.

¡Cuánta decepción, cuántos ídolos rotos!

Siento una sensación extraña, la de que el mundo entero vive todavía sumergido en la desilusión que le produjo aquel inmenso desengaño. Un mundo que se ha ido haciendo nihilista, hasta cínico, que sin embargo empieza a entrar, a la fuerza, en una nueva época que está cambiando todos sus planteamientos de base.

A este mundo le falta capacidad de soñar, osadía para creer que la salvación, la eliminación del sufrimiento y la injusticia, son todavía posibles. No tiene libros donde leer acerca de todo esto, ni tiempo para reflexionar sobre ello. Claro que nosotros, los de mi generación, que teníamos las dos cosas, ¿qué hemos hecho, qué hemos construido?

Una pregunta inquietante, hasta terrible.

Quizá la salvación esté en lo pequeño, lo entrañable, lo casi invisible, lo inocente, lo íntimo. No en los grandes proyectos ni en las grandes ideas, sino en el compromiso enamorado con lo cotidiano, lo próximo. Un compromiso duradero, tanto como la vida. Asumido con aquel ánimo de Sísifo del que nos escribió Camus: nunca dejar de volver a empezar.