domingo, 9 de julio de 2017

DELIRIO

He entrado ya en mi segunda batalla contra el cáncer. Pronto las cosas se me han complicado: a la semana de un primer ciclo quimioterápico con carboplatino+etopósido, he tenido que ingresar en el hospital con fiebre muy alta causada por una neutropenia severa. Después de tres días allí sometido a un tratamiento antibiótico intenso, he vuelto a recuperar mi normalidad fisiológica y estoy de nuevo en casa, listo para iniciar un segundo ciclo y más convencido que nunca de lo maravillosa que es la vida, ese don que, por congénito, no solemos apreciar mientras se tiene.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar aquí, sino del delirio que me ha sobrevenido durante el tratamiento hospitalario. Se trata de una complicación derivada de la complicación que me llevó al hospital y ya se sabe, las complicaciones suelen encadenarse unas con otras en una nefasta cadena causal, Murphy lo predijo. La American Cancer Society describe el delirio como posible en pacientes tratados con quimioterapia, y probable en los que de entre ellos tienen más de sesenta años, una condición ésta que yo cumplo con brillantez. A mí la experiencia del delirio me ha parecido fascinante, quizá como lo es cualquier viaje que las circunstancias te obliguen a hacer a las profundidades de tu cerebro. Es esta fascinación la que quiero compartir con mis lectores.


Empezaré con unas necesarias generalidades. La actividad cerebral, como cualquiera otra, puede sufrir trastornos. Los más leves pueden nombrarse como simples trastornos psicológicos, y cuando traspasan la línea de la enfermedad como psicopáticos. Dicho esto, los trastornos relacionados con nuestra percepción de la realidad podemos clasificarlos en función de su duración en el tiempo: si muy cortos, los llamamos alucinaciones, que no son solo visuales; si  cortos, de hasta pocos días, delirios; si, traspasando ya la barrera de la enfermedad, llegan a durar semanas, brotes psicóticos; y si son más largos o hasta crónicos verdaderas psicosis como la esquizofrenia, la depresión, etc. Debo aclarar que toda esta descripción es personal y elaborada con un afán divulgativo.

Una diferencia fundamental entre la alucinación y el delirio es que mientras la primera crea una realidad nueva, o mejor, una realidad irreal, el delirio percibe una realidad verdadera pero, conservando sus parámetros básicos, la reconstruye, reinterpretándola. 







El famoso cuadro de Mundt, El Grito, es un buen ejemplo de un trastorno delirante: el puente, el río, la playa plomiza y la mar lejanas, el cielo incendiado del crepúsculo y el humano que se tapa los oídos, todos estarían allí, pero el genial Mundt  delira para poder expresar a través de esa escena real una angustia que subyace a todo lo aparente y nos conmueve profundamente. 











Mientras que el no menos famoso cuadro de Grosz, Las danzas del hombre gris, podría ser un buen ejemplo de alucinación. Nada en él es real, al menos no lo es ese muñeco grotesco  que quiere representar a un humano y de hecho representa una visión alucinada de lo humano, cosificado por las influencias de la desgracia, la injusticia y la guerra. En los oídos le han atornillado dos chapas para que no oiga, el cerebro se lo han vaciado y rellenado de bolas que podrían ser de acero para que no piense, la boca se la han cosido para que no hable, la piel se le han convertido en vestido que cubre un cuerpo totalmente vaciado, etc. Sin embargo el hombre-muñeco danza frenéticamente al ritmo de las órdenes infernales que le llegan desde el taller y la oficina que constituyen todo su horizonte. 





Ahora paso a describir mi experiencia de delirio.

Mi habitación de hospital tiene una estructura sencilla: algo así como un cuadrado en cuya pared digamos Norte se apoya una cama clínica y a su lado, en la esquina NW, un sillón de reposo. En el centro del lado E se abre una gran ventana. En el lado S, apoyada en la esquina SE, una pequeña cama para el acompañante. Rematando todo en la esquina SW por un pequeño pasillo al que se abre un cuarto de baño y al fondo la puerta de salida.

Ingreso en ella desde Urgencias, ya de noche, y a lo largo de las muchas horas de oscuridad e insomnio, salpicadas de preocupación y  stress, esta habitación se convierte en algo así como mi entero universo.

El día siguiente transcurre con tratamientos antibióticos y coadyuvantes por vía intravenosa. En todo momento desde que ingresé me ha acompañado, afortunadamente, alguna de mis dos hijas, M y P. Esta primera noche la paso con M. La próxima será P quien vele junto a mí.

Llegada esa segunda noche y cuando me toca echarme a dormir es cuando mi percepción de la realidad empieza a alterarse. No consigo coger el sueño. Me doy cuenta, y esto es ya alucinatorio pero todavía no delirante, de que mi habitación se ha convertido en una gran sala ocupada en su centro por un extraño templo. Entro en él. Está lleno de grandes tinas, ordenadas en filas y columnas, que contienen lo que podrían ser bellotas o nueces y en las que entrenadan algunos que me son totalmente desconocidos. Yo lo hago también. Nadando en seco entre las bellotas le rezo, quizá simplemente le increpo, a un Dios al que percibo frente a mí y al que pido compulsivamente mi curación a la vez que floto y nado entre las bellotas. La escena es profundamente pagana, en cuanto a que mi relación con ese extraño Dios solo tiene como motivo mi eventual curación.

De pronto no solo las tinas llenas de bellotas sino el templo que las contenía y hasta mi entera habitación desaparecen. Yo me encuentro solo en mitad de la noche y en el seno de un campo inmenso como el mar,  con algunos árboles que destacan sobre un fondo muy lejano. Sé que hay otros que también se mueven por allí, aunque no los veo, pero los oigo sin entenderlos. También sé que todos recibimos órdenes de que vayamos bailando una danza grotesca, cuyo final será nuestra entrada en los Estados Unidos de América. Así paso un buen rato, cada vez más convencido de que aquello es una inmensa tomadura de pelo, y por ello crecientemente indignado.

Súbitamente, este campo cubierto por un extraño cielo nocturno, porque no tiene ni nubes ni estrellas ni Luna, también desaparece. Yo me encuentro de nuevo en mi habitación de hospital y es ahora cuando mis alucinaciones empiezan a tornarse en delirios. Porque esta habitación, manteniendo su topología, ha cambiado los ratios entre sus dimensiones y su entera apariencia. Ya no es una habitación de hospital sino algo que va adoptando distintas formas con una característica común que yo percibo con certeza: aquéllo es el punto de espera de un encuentro. Pero ¿de qué se trata? Mi sentimiento es que ese alguien que va a llegar tiene una naturaleza que oscila de manera delirante entre lo liberador y lo opresor, pero cuya llegada yo ansío porque acabará con mis incertidumbres.

Recuerdo todavía nítidamente, y por eso me apresuro en transcribirlo, una de esas apariencias cambiantes de mi habitación, quizá la más frecuente. Mi cama sigue estando en su sitio pero ya no es una cama, sino algo así como el hoyo remotamente cónico producido en la tierra madre por alguno de aquellos proyectiles de artillería de la I Guerra Mundial, que machacaron los campos de Verdun más que hubieran podido hacerlo todos los arados galos, romanos o francos que los surcaron durante veinte siglos.

La cama de mi acompañante, esta noche mi hija P, lo mismo está y entonces no es sino la sombra oscura de un centinela agazapado, que desaparece en la negrura de aquella esquina SE. El techo no existe, al menos si lo hace se pierde en las alturas, el sillón de descanso es un conjunto desordenado de alambradas y el pasillo un trozo de chapa que cuelga como una triángulo acuchillado de un vértice en lo alto y se mueve caoticamente cuando el viento lo empuja.

Mi delirio es alimentado por una obsesión: ese que tiene que llegar puede hacerlo en cualquier momento y yo debo salir a esperarlo. Porque para bien o para mal me sacará de allí y eso es lo que más ardientemente deseo.

Aquí empieza mi lucha delirante con P, mi hija/centinela. Cada vez que yo me levanto para huir de mi hoyo, su sombra se mueve en la oscuridad y avanza hacia mí, deteniéndome. "No papá", dice, "acuéstate, es madrugada y el médico no vendrá hasta mañana". En este forcejeo nos mantenemos durante un tiempo indefinido que a mí me parece interminable. Intento convencerla de que debemos esperar fuera, pero ella se niega a permitírmelo. "¿Cómo es posible?" pienso, y hasta llego a dudar que se trate de mi hija P, y hasta llego a ver, en medio de aquella delirante oscuridad, rasgos en su rostro que no me resultan familiares. Incluso empiezo a temer que todo aquello no sea sino una conspiración contra mí.

Así pasan las horas. A veces consigo vencer su voluntad diciéndole que tengo que ir al baño. Me lo permite y cuando paso ante la puerta del cuarto de baño no consigo rebasarla, la realidad me succiona desde allí dentro, porque el cuarto está lleno de luz y tiene un aspecto totalmente normal: todo en su sitio, todo real, limpio y ordenado. Pero en cuanto vuelvo a lo que debía ser mi habitación me encuentro de nuevo el campo devastado de Verdun.

Hasta que amanece. A medida que la luz del alba va entrando a través de la ventana me va expulsando de mi delirio. La chapa rasgada a la que movía el viento desaparece, la puerta vuelve a ser puerta. Mi hija P está allí, junto a mí, con el cansancio de una noche en blanco marcado en su bello rostro. Yo voy dándome cuenta de mis horas de delirio y confusamente intento pedirle perdón. No sé si lo hice, no puedo recordarlo.

En cualquier caso hubiera querido abrazarla. Nada más que eso. 

(P.S. En agradecimiento a mis dos guardianas permanentes, M y P. Y a J, que estaba allí sin estarlo)






















viernes, 30 de junio de 2017

La caca del Trauco es / un moho mucilaginoso es / la caca del Trauco es / un moho mucilaginoso...

Eureka! Un artículo publicado en Le Monde me ha permitido confirmar una vieja sospecha, que la caca del Trauco es un moho mucilaginoso, concretamente el famoso Physarum polycephalum. La evidencia que aporto es el parecido extraordinario entre las fotos que yo he tomado de la caca del Trauco en Duhatao y otras muchas fotos de Physarum polycephalum que pueden descargarse de Internet.


A la izquierda y abajo, fotografías tomadas por mí  de dos incidencias distintas de aparición de la caca del Trauco junto a mi cabaña en Duhatao (Chiloé). A la derecha arriba, una fotografía de Physarum polycephalum de la colección Getty.


Este moho es una criatura extraordinaria, que ha sido capaz de despertar la imaginación y el interés de muchas mentes orientadas hacia laCiencia. Vive en bosques húmedos, como
Ciclo de vida de Physarum polycephalum (tomado de Miguel Ulloa .

los de Chiloé, y cuando las condiciones ambientales son favorables es capaz de aumentar de tamaño a velocidades extraordinarias, del orden de centímetros por hora.

Lo que vemos macroscópicamente en las masas amarillas de las fotos suele ser una sola célula, pero dotada de miles y hasta millones de núcleos. Es capaz de desplazarse de un sitio a otro con un movimiento ameboide, y también de muchas otras cosas extraordinarias que pueden consultarse en la literatura. A su manera, está dotado de una inteligencia que no es neuronal, sino sincitial, es decir, el resultado de las decisiones elementales tomadas por cada uno de sus numerosísimos núcleos y los dominios de citoplasma que rodean a cada uno. Estos elementos de un todo indivisible exploran su entorno y deciden, particularmente en los bordes de la gran masa plurinuclear, si crecer o no hacerlo en ésta o en aquélla o en aquélla otra dirección. 

En experimentos adecuados los científicos han conseguido que una megacélula de Physarum dibuje con aterradora precisión el mapa del metro de Londres o el de carreteras de España, o cualquier otra geometría hecha de un conjunto de nodos y conexiones entre ellos.

Dicho pues queda. Pero me falta considerar lo más interesante de todo: siendo cierto que la caca del Trauco es una megacélula de Physarum polycephalum, también lo es que esta megacélula es la caca del Trauco, o sea, una huella excretada por ese espíritu de los bosques chilotes que es el Trauco, para dejarnos a los humanos señales de su existencia. Esta permanente relación bidireccional es la que he intentado expresar en el título de esta entrada.

¿Cómo explicarlo? Los humanos tenemos un cerebro cuya naturaleza podemos ver como biunívoca. Piensa pero siente, decide pero duda, razona pero intuye, simplifica pero complica, ve pero es ciego, etc. Una de las expresiones más conspicuas de este cerebro nuestro es el lenguaje, que consiste en la creación de palabras, su conversión en conceptos y su integración en frases con la ayuda de gramáticas. Lo biunívoco del cerebro también se aplica a sus lenguajes. En general, podemos afirmar que los cerebros humanos desarrollan dos grandes tipos de lenguajes: el lógico frente al mítico. Uno y otro son imprescindibles para que los humanos lleven adelante su vida en el mundo. El lenguaje lógico es instrumental, trata de la relación entre causas y efectos. El mítico es interrogativo, trata de la relación entre la luz y la sombra, la claridad y el misterio. El lenguaje lógico es racional, el mítico sentimental.

A lo largo de su trabajosa evolución, los humanos han ido desarrollando ambos lenguajes en direcciones que son opuestas. Incidentalmente, vivimos ahora una época de predominio del lenguaje lógico.  Aun así, el lenguaje mítico también ha alcanzado un gran desarrollo, basta para comprenderlo imaginar lo que está pasando por los cerebros de las multitudes en un gran concierto al aire libre, ante miles de fans, de un ídolo del rock.

Una de las grandezas culturales de Chiloé nace de su proximidad a la Naturaleza. Hay muchas huellas en Chiloé de la importancia que durante miles de años ha tenido para los humanos el lenguaje mítico, ese que permite convivir con una Naturaleza no dominada, formando una parte más de ella, con una integración total. El shamanismo antiguo fue capaz de manejar  con maestría los dos lenguajes, el lógico desarrollando toda una botánica médica, el mítico levantando una cosmovisión impregnada de espiritualidad. En aquel shamanismo, y en sus herederos espirituales que todavía viven en el mundo amerindio y campesino, la Naturaleza tiene una condición básica que es espiritual. Así el bosque no es solo una congregación de árboles. Mucho más que eso, el bosque es el espíritu del bosque, que se manifiesta en todas las formas vivas que contiene y en todos los fenómenos que tienen lugar en sus inmensidades sombrías. De esta espiritualización del mundo nació una mitología riquísima, algunos de cuyos personajes sobreviven todavía. Uno es el Trauco, que no es ese enano feo y libidinoso con el que muchos lo caricaturizan, sino el espíritu del bosque, al menos uno de los espíritus que pueblan el bosque. Como cualquier otra realidad espiritual, el Trauco se comunica con los humanos, esos pobladores del Sur de Chile que durante miles de años  de vida en el bordemar, han estado siempre mirando de reojo al bosque que se extendía a sus espaldas, temiéndolo  pero también respetándolo. ¡Hay tantas historias maravillosas de esta relación entre el Trauco y los humanos! Una de ellas es la de la caca del Trauco, que más que una feca es una señal sagrada que el Trauco deja en los límites de su territorio para advertir de su presencia y sugerir quién es el dueño de aquellas soledades.

Por todo esto, la caca del Trauco no es simplemente el sincitio ameboide del moho mucilaginoso Physarum polycephalum. Es eso, claro que sí, pero también es algo más. Es la señal que nos recuerda la existencia de una realidad espiritual, el Trauco, espíritu del bosque. Además de sus ácidos nucleicos, proteínas, fosfolípidos, y todo el aparataje de una biomasa celular, ese montoncito de materia de color amarillo vivo y apariencia muy húmeda y frágil, es una señal que nos llega desde lo profundo del bosque, y que inspira en nosotros respeto ante misterios que nunca podremos comprender si nos limitamos a usar un lenguaje instrumental. Al menos eso es, todavía hoy, para muchos campesinos chilotes que cuando la encuentran en lo alto de un viejo tronco caído, en la mañana húmeda, cuajada de rocío, la queman ceremonialmente y permiten que, al menos durante unos minutos, el misterio de lo trascendente, de lo que no es visible, ni siquiera lógico, los penetre.

También es ese misterio para mí. Cuando empecé a ver cacas del Trauco en Duhatao sospeché enseguida que podía tratarse de un Mixomiceto. Pero también sentí que en aquellos fenómenos había un mensaje trascendente que me llegaba del bosque cercano, y que yo compartía con mis vecinos campesinos de la zona. Me llené de curiosidad a la vez que de respeto. De alguna manera nada lógica, me sentí saludado y reconocido por una realidad espiritual que, como tal, estaba fuera del espaciotiempo.

domingo, 18 de junio de 2017

El día del Juicio.

Ayer fue un día terriblemente caluroso, llegando a media tarde a los 44ºC. Retrasé todo lo posible mi paseo vespertino con Curro. Cuando por fin salimos, ya anocheciendo, el bofetón de calor se abatió sobre nosotros implacable, como la masa de aire ardiente que era.

Quizá por todo eso me surgió, inesperadamente, una extraña pregunta: ¿qué sería de mí en un juicio final al estilo bíblico, puesto yo ante el juez severo del Antiguo Testamento o el juez misericordioso del Nuevo? Sabía que era una pregunta sin respuesta, pero me llevó a hacer un repaso crítico de mi vida. No voy a entrar en pormenores, pero sí quiero describir los paisajes que me he ido encontrando.

Lo primero que he visto es que yo, como cualquier otro humano, casi siempre me he limitado a reaccionar frente a fuerzas, presiones o corrientes exteriores a mí y además incontrolables por mi voluntad. Serán por tanto esas reacciones mías las sometibles a juicio, aunque no todas, sino solo aquéllas en las que yo tenía libertad para elegir entre varias alternativas. Lo enjuiciable está, por lo tanto, no en mis reacciones, sino en las decisiones en que libremente las he basado.

Lo siguiente que he visto es que a veces lo que me ha movido a la acción no ha sido un acontecimiento exterior, sino pulsiones interiores, nacidas de mis convicciones o mis deseos. Pero aquí también mi voluntad libre ha tenido que elegir entre varias alternativas, y cuando la elección ha sido éticamente reprobable mi conciencia lo ha detectado.

Inmediatamente mi cerebro ha unificado los dos campos anteriores. Ya se haya tratado de reacciones o de proacciones, el problema ético estaba en mi lucha interior entre pulsiones o convicciones o deseos contradictorios que nacían de mí, de modo que uno terminaba venciendo y era el responsable de mi decisión final.

He dejado a un lado mis reflexiones para cenar y luego me he echado a dormir.

En mitad de la madrugada me he despertado y he tenido, súbitamente como suele ser el caso, lo que solo puede describirse como una iluminación. No serán mis buenas o malas acciones los componentes principales del juicio al que puedo ser sometido, sino mis omisiones.

Es decir, mis renuncias, mis cobardías, mis abandonos, mis silencios, mis indiferencias, mis frialdades, mis traiciones. En definitiva, mis faltas de amor y de coraje.

De estas sí que he sido y seré, verdaderamente, el único responsable.


Y respecto a todas ellas, que ya no tienen remedio, lo único que puedo hacer es buscar dentro de mí un verdadero arrepentimiento y pedir misericordia, o lo que es lo mismo, perdón.

Parábola de los Talentos (Mateo, 25).- Grabado en madera fechado en 1712, cuyo origen desconozco.
Cuando el dueño vuelve a la casa y pide cuentas a sus criados de los dineros que les dejó, dos le están mostrando cómo los han multiplicado haciendo uso de ellos. Un tercero fue cobarde y enterró, para no perderlo, todo lo que había recibido

domingo, 4 de junio de 2017

LA VOZ

He ejercitado a lo largo de mi vida mucho más mis ojos que mis oídos. He leído mucho y conversado poco, de una canción me ha gustado más la melodía que la letra, he amado el silencio. Aun así he hablado durante innumerables horas como profesor en la Universidad, pero era yo el único que lo hacía en el aula y además apenas me escuchaba, enfocados como estaban mi cerebro y mis sentidos sobre las ideas y argumentos que intentaba expresar.

Sin embargo conservo sonoramente vivo el recuerdo de las voces de las mujeres que amé, los amigos que quise, los niños que fueron mis hijos, unas hablando, otras  gritando o susurrando.

Todas esas voces añoradas, más aún, cualquier voz humana, son puertas por las que se derrama sobre ti el alma de la persona a la que escuchas, su inteligencia, su sensibilidad. Cada voz tiene una música, la suya. Siempre es así, sea cual sea el idioma y la cultura de quien la expresa. Incluso, tantas veces, en lo melódico de una voz hay un lenguaje secreto que solo entiendes tú porque va dirigido específicamente a ti.

Pero en realidad yo, que he hablado mucho hace pocos días gracias a que alguien me indujo a hacerlo, soy, ya lo he apuntado antes, un hombre taciturno, silencioso y solitario, más mirón que parlanchín, más observador que conversador, hasta más místico que retórico.

Quizá sea precisamente por esta forma de ser mía por lo que he podido darme cuenta cabal de la belleza y la fuerza, en definitiva la verdad, que se encierran en los tonos y las músicas de los que tienen la suerte de entablar una conversación amistosa y sincera.


¡Claro que sí! ahora lo entiendo. Eso es lo que, en mi juventud, hacían los novios cuando empezaban a quererse y los amigos cuando se daban compañía: asomarse juntos a paisajes mentales que eran nuevos y por eso únicos. Eso es lo que también pueden hacer los viejos.

jueves, 25 de mayo de 2017

Mis libros subversivos


Una pasión por la lectura ejercitada durante toda mi vida me ha llevado a acumular una biblioteca de casi tres mil libros, esparcidos por mi casa en un inevitable desorden que me ha hecho olvidarme de muchos de ellos. Ahora los estoy reordenando por materias. A la vez los toco, quito la finísima capa de polvo que cubre a los más olvidados, los abro, releo algunas páginas, los recoloco finalmente en un sitio que les sea familiar, entre amigos, donde puedan vivir su vejez y olvidarse cariñosamente de mí.

Disfruto mucho con esta tarea, que en buena parte es un recordar las distintas etapas de mi vida. Diablos, ¡qué larga, qué ancha, qué honda es una vida humana! Mis libros me traen el recuerdo vivísimo de lo que fui, es decir, lo que soñé y anhelé, lo que descubrí, aquello en lo que creí o por lo que luché. Cuando pienso en toda la profundidad de mi vida, toda su altura, me doy cuenta de que lo mismo es el caso de la inmensa mayoría de los humanos, tengan libros o no, sepan leer o no, sean ricos o pobres, hombres o mujeres, viejos o niños. ¡Qué honda es una vida humana, esa combinación indestructible de un cerebro que piensa con un corazón que siente con unos sentidos que cantan la extraordinaria riqueza de la realidad! ¡Qué afortunados somos todos los humanos por el simple hecho de vivir, cuán agradecidos debemos estar a todos los que nos lo han hecho posible!...

Pero no estoy intentando escribir un ditirambo de tanta maravilla. Esta tarde me he tropezado con un rincón olvidado de mi biblioteca donde se acumulaban muchos de mis viejos libros “políticos”. Yo nací cuando empezó la II Guerra Mundial, y viví toda mi juventud y una parte de mi madurez en la España de Franco. La dictadura de Franco que yo conocí no era excesivamente represora, de hecho se la llamaba con cierta ironía “dictablanda”. Quiero decir que la represión no se percibía abiertamente en la vida diaria. Solo sucedía que la libertad estaba ausente, nada menos que esto, no podías salirte  de una senda muy monótona, desde la que nunca se veía ningún horizonte. Muchos jóvenes, particularmente los universitarios, éramos, por lo que acabo de decir y por nuestra juventud, profundamente antifranquistas, muchos éramos marxistas al menos in pectore. He encontrado hoy libros del joven Marx, aquél soñador que todavía era un humanista. Pero también de Lenin y Mao Tse Tung (así lo escribíamos entonces), de Trostsky y de algunos educadores que nos enseñaban marxismo (Gramsci, la chilena Martha Harnecker y sus “Conceptos elementales del materialismo histórico”, tantos otros). Enseguida me ha venido la intensa evocación de aquellos tiempos, cómo vibrábamos con aquellas ideas, cuán marxistas, hasta comunistas, nos sentíamos entonces.

Y no he podido evitar una cierta melancolía. ¡Qué lejos estamos ahora de aquellas vivencias! El comunismo soviético implosionó, el chino se ha convertido en un férreo capitalismo de estado. Ya no hay revolucionarios que crean en la posibilidad de una transformación violenta del mundo, porque no podemos considerar como tales a los terroristas de la Yihad. Hace pocas semanas terminé de leer “Vida y Destino”, de Vassily Grosman, que me reveló, con la precisión y la emotividad que solo puede tener un novelista ruso, lo terrible del Stalinismo, que no pretendió liberar a los oprimidos, sino construir un estado soviético sin alma. Aunque ya hace muchos años que fue Solzhenitzyn, otro novelista ruso, quien me abrió los ojos sobre la realidad de Stalin y el Gulag.

¡Cuánta decepción, cuántos ídolos rotos!

Siento una sensación extraña, la de que el mundo entero vive todavía sumergido en la desilusión que le produjo aquel inmenso desengaño. Un mundo que se ha ido haciendo nihilista, hasta cínico, que sin embargo empieza a entrar, a la fuerza, en una nueva época que está cambiando todos sus planteamientos de base.

A este mundo le falta capacidad de soñar, osadía para creer que la salvación, la eliminación del sufrimiento y la injusticia, son todavía posibles. No tiene libros donde leer acerca de todo esto, ni tiempo para reflexionar sobre ello. Claro que nosotros, los de mi generación, que teníamos las dos cosas, ¿qué hemos hecho, qué hemos construido?

Una pregunta inquietante, hasta terrible.

Quizá la salvación esté en lo pequeño, lo entrañable, lo casi invisible, lo inocente, lo íntimo. No en los grandes proyectos ni en las grandes ideas, sino en el compromiso enamorado con lo cotidiano, lo próximo. Un compromiso duradero, tanto como la vida. Asumido con aquel ánimo de Sísifo del que nos escribió Camus: nunca dejar de volver a empezar.

domingo, 21 de mayo de 2017

La crisis de la Izquierda

En la España de estos días la economía marcha bastante bien, pero la política es un pandemónium. Aunque no es solo España, Europa entera parece haberse vuelto políticamente loca. Movimientos de extrema derecha brotan con fuerza en Holanda, Austria, Francia, Reino Unido, mientras que la Socialdemocracia, representante tradicional de lo que desde los tiempos de la Revolución Francesa ha venido llamándose Izquierda, está prácticamente liquidada en Francia, se debate en una crisis profunda en Reino Unido y Holanda y pierde elecciones en Alemania. La Socialdemocracia española también lucha por su supervivencia, hoy está llevando a cabo unas votaciones decisivas para su futuro. Y si bien en España no existe la extrema derecha, sí ha aparecido y cobra fuerza un movimiento de izquierda comunista que intenta por todos los medios liquidar los restos de aquél socialismo de Felipe González que fue un pilar fundamental en el desarrollo del régimen democrático desde 1.976.

¿Qué está pasando, por qué y para qué?

De la crisis que enfrentó al Capitalismo con el Comunismo, dando origen a las dos guerras mundiales del Siglo XX, nació la Socialdemocracia europea occidental, inspiradora de las sociedades del bienestar que han hecho de los países de la Unión Europea una meta de confort, libertad y estabilidad envidiada por el resto del Mundo.

Pero las cosas están cambiando, con esa sorprendente rapidez de las grandes escalas, cuyos devenires suelen pasar inadvertidos. Los capitales financieros se han globalizado, liberándose así del control que venían ejerciendo sobre ellos los distintos Estados y vagan ahora libremente por el mundo, invirtiéndose en muchos casos allí donde los salarios son más bajos (China y resto de Asia). El transporte marítimo se ha globalizado también, abaratando muchísimo sus costes gracias a los grandes barcos portacontenedores, lo que ha permitido trasladar muchas fábricas al Extremo Oriente, creando paro en Occidente. Por último, en los países más avanzados la robotización de muchas actividades es un hecho que va a más, disminuyendo la oferta de un trabajo que requiere además niveles crecientes de formación.

Debido a la conjunción de todos estos factores, la que llegó a ser en Europa Occidental, gracias a la combinación de prosperidad y democracia, una generalizada clase media, se ha ido empobreciendo y sobre todo ha visto ensombrecerse más y más sus perspectivas de futuro, es decir, la seguridad de una vejez tranquila  y las esperanzas de prosperidad para sus hijos. De aquí surge la crisis de una Socialdemocracia política a la que le va siendo más y más difícil estar a la altura de las expectativas puestas en ella por los ciudadanos.

¿Hacia dónde nos lleva todo esto?

Para empezar, la idea de Izquierda atraviesa una crisis muy profunda. Nació con la Revolución Francesa y se fue consolidando a lo largo del siglo XIX. Hija del Siglo de las Luces, de una Ilustración que no veía límites al Progreso, la Izquierda como movimiento representó sobre todo la voluntad de alcanzar la Igualdad de todos a través de la lucha política que emprendió en Europa la Socialdemocracia, como contrapuesta a la lucha revolucionaria del Comunismo. Izquierda significaba cambio, progreso, erradicación de las injusticias, igualdad de oportunidades, todo eso.


En oposición dialéctica a la Izquierda socialdemócrata estaba una Derecha también democrática que practicaba el Liberalismo. Esta pareja de contrarios bien avenidos funcionó con gran eficacia en la administración política del Capitalismo de consumo que había inventado Henry Ford. Terminada la II Guerra Mundial, los países de Europa Occidental se desarrollaron como sociedades de la abundancia con un alto nivel de bienestar. Se había alcanzado algo muy brillante y esperanzador, envidiado por todo el mundo, y se pensaba que aquel progreso en democracia no tenía por qué tener fin. Nació el Mercado Común, que se convirtió pronto en la Unión Europea, a la que se incorporó primero una España que surgía de las sombras del franquismo y luego toda la Europa Oriental, liberada del poder soviético cuando éste implosionó.

Pero la Globalización, las  Revoluciones tecnológicas y el Cambio Climático están modificando, si no pulverizando, todos los supuestos políticos que se creían firmemente establecidos.

La Izquierda se consideró siempre, puesto que buscaba la justicia, moralmente superior a la Derecha. Pero a medida que el Mundo se globaliza la Izquierda europea se regionaliza, perdiendo el internacionalismo utópico que la caracterizó. Ya que se ve obligada a defender el bienestar de poblaciones que, pese a las inseguridades que se abaten sobre ellas, siguen siendo muy ricas frente a las necesidades de unas mayorías planetarias mucho más pobres. Peor todavía: impotente ante los grandes cambios económicos y sociales, incapaz la Izquierda de ofrecer soluciones para los jóvenes en paro y los mayores que pierden sus trabajos o ven en peligro sus pensiones, no solo pierde su internacionalismo, sino que se atrinchera en la defensa de los que ya tienen una posición estable: trabajadores sindicados con empleo fijo, funcionarios, etc, dejando a grandes masas de ciudadanos en manos de los populismos.

La Izquierda consiguió arrancar pacíficamente progreso social de las manos del Capitalismo imperante porque estaba teniendo lugar una creación continua de riqueza, que atesoraban las sociedades mundialmente hegemónicas de Norteamérica y Europa Occidental. Pero las cosas están cambiando. Europa sigue siendo muy rica pero ya no es hegemónica, China emerge como un contrapoder imparable. Por otra parte, el progreso económico basado en altos insumos de energía, tal y como ha venido siendo concebido desde hace un par de siglos gracias al carbón y al petróleo, está llegando a su fin. Un progreso más espartano, menos derrochador y contaminante, parece ser la única respuesta a un cambio climático que ya empieza a enseñar sus garras. Todo esto exige cambios muy profundos en las mentalidades de los ciudadanos, que necesitan un largo tiempo de maduración. Ante un progreso económico que se ralentiza,  la Izquierda europea ya no puede aspirar a la igualdad social hacia arriba, tiene que contentarse, en su búsqueda de la justicia social, con una igualación hacia abajo. Este cambio de tendencia tiene consecuencias sociales y políticas que pueden ser devastadoras. La igualación niveladora allana, arrasa todo lo singular que emerge. Aumenta la presión fiscal hacia los que teniendo algo no pueden defenderlo, con lo que va eliminando las clases medias. No premia a los mejores, los más esforzados y preparados. Lo que finalmente lleva a la igualdad del pensionista, del retirado, del subsidiado. Acorralada por estas circunstancias la Izquierda europea, inevitablemente, envejece.

No sé si con todo lo que llevo escrito habré sido capaz de mostrar la profunda crisis existencial que padece la Izquierda europea. Y que se manifiesta con una claridad deslumbrante en la Izquierda española.

¿Qué puede hacerse? En cualquier caso, está llegando el tiempo de los replanteamientos radicales, de los cambios de paradigmas. Hacen falta ideas nuevas, no basta, de ninguna manera, con la acción, hace falta una profunda reflexión.

Como una simple pincelada, terminaré mencionando dos temas que me parecen dignos de atención para una Izquierda que quiera seguir enfrentándose con la desigualdad.


(1).- Los inmigrantes.

A veces pienso que la fuerza transformadora de las sociedades europeas occidentales no está ya en la Izquierda de siempre, sino en la Inmigración. Pero esta transformación introduce grandes tensiones sociales y culturales. Se inicia, con las masas de inmigrantes que llegan hasta nuestras playas y empiezan una nueva vida en nuestras ciudades, una nueva proletarización, una nueva lucha de clases.

Nuestras sociedades occidentales tienen que enfrentar este problema. Tienen que integrar culturalmente a los inmigrantes y convertirlos a la vez en puentes con sus sociedades de origen. No les queda otro remedio, la alternativa es el inevitable envejecimiento demográfico y con él la muerte cultural y social.

Y nuestra Izquierda tiene que hacerse, si quiere sobrevivir, verdaderamente internacionalista y dotarse de una visión global, moral y esperanzada de los problemas con los que se quiere enfrentar.

En el caso particular de España, nuestra sociedad y con ella nuestra Izquierda tendrían, además, que abrirse plenamente al mundo latinoamericano, al que sin duda, además de al europeo, también pertenecen.

(2).- Las mujeres.

La Izquierda tradicional ha asumido como suyo un feminismo convencional, entendido como lucha por la igualación de mujeres y hombres respecto a derechos sociales (libertad de decisión, oportunidades y derechos laborales, etc).

Pero queda un amplio campo de derechos y posibilidades que son específicamente femeninos y que no están adecuadamente protegidos y desarrollados. Me refiero a todo lo que se deriva de la condición femenina como radicalmente diferente de la masculina. Por ejemplo, todo lo relacionado con las posibilidades que una mujer tiene ( y un hombre no, o mucho más difícilmente) de ser madre y de constituirse en el centro de la vida afectiva de una familia. Muchas mujeres han pasado de ser una esclavas del hogar a serlo de un trabajo tan remunerado como alienante. Pero ¿cuántas mujeres jóvenes renuncian en nuestras sociedades avanzadas a su fertilidad por la dificultad económica de criar a unos hijos? Y a la vez, estas sociedades, incapaces de cubrir su tasa de reposición demográfica, envejecen irremisiblemente.

En función de todo ello, la Izquierda europea, y todavía con más urgencia la española, pues en España la crisis demográfica es más aguda que en los países europeos del Norte, tendría que añadir, a su feminismo militante, un feminismo nuevo que promocionara y protegiera a la mujer como amante, paridora y centro educativo y formativo de la familia, reivindicaciones todas éstas que hoy están en manos de fuerzas mucho más conservadoras.

domingo, 7 de mayo de 2017

El PET-TAC y la nueva REVOLUCIÓN ROBÓTICA

En una situación como la mía, con una recidiva tumoral detectada por un TAC y confirmada por un examen anatomopatológico de pequeñas biopsias tomadas mediante una broncoscopia de la zona afectada, lo inmediato es someterte a un PET-TAC que explore todo el cuerpo  para la presencia de posibles metástasis.

A mí me lo hicieron hace unos días y es del PET-TAC, ese robot increíblemente sofisticado, de lo que quiero escribir hoy.

TAC es una abreviatura para Tomografía Axial Computerizada. Y PET es la abreviatura en inglés para Tomografía por Excitación de Positrones. El primer sustantivo, Tomografía, significa casi lo mismo en ambos casos. El paciente, tendido en la camilla móvil que se ve
en la foto proyectada hacia la izquierda, es introducido poco a poco en el túnel circular de la derecha. En sendas circunferencias de este círculo se disponen emisores y sensores que van generando cortes circulares con imágenes de su cuerpo.  En el caso del TAC, emisor y sensor, opuestos en los extremos de un diámetro del círculo en el que se centra el paciente, lo son de rayos X. De manera que al desplazarse su cuerpo a lo largo del túnel, lo que se va obteniendo es una radiografía tridimensional con un gran detalle. En el caso del PET, la circunferencia correspondiente contiene solo sensores, diametralmente opuestos, a los que llegan fotones, es decir luz, de muy alta energía.

Lo curioso del PET es la fuente que genera esta luz. Antes de iniciar el análisis, al paciente se le inyecta una solución radiactiva y se le tiene una hora en reposo en una habitación anexa, para que la sustancia radiactiva alcance a través del sistema circulatorio todo su cuerpo. Esta sustancia es la 18 Fluoroglucosa (en adelante 18FG), un compuesto de Glucosa con Fluor18, que es un isótopo radiactivo del Fluor. La 18FG entra en las células del cuerpo igual que la glucosa, la cual es a su vez una fuente de energía indispensable para la vida de la célula. Pero una vez dentro, la célula es incapaz de metabolizar la 18FG, por lo que ésta se acumula. Un tumor en crecimiento está hambriento de vasos sanguíneos que le lleven alimento y oxígeno, pero estos vasos van formándose poco a poco por un mecanismo que se llama angiogénesis. Por eso el tumor, con una falta crónica de oxigeno, tiene, en contraposición a los tejidos sanos del cuerpo un metabolismo anaerobio, utilizando la glucosa por una vía fermentativa que no requiere oxígeno pero que tiene por eso menor rendimiento energético. Lo que significa que el tumor, para crecer, tiene que consumir mucha más glucosa que una célula sana del cuerpo, por eso los mecanismos de transporte de glucosa y 18FG al interior celular están potenciados. Pero como la 18FG no puede metabolizarse por las células tumorales, la consecuencia es que éstas  acumulan mucha más 18FG que las células sanas.

Y ahora viene la maravilla de las maravillas. Resulta que el 18Fluor es un isótopo radiactivo de vida muy corta, que se descompone a gran velocidad, tanta que su vida útil es de unos cuantos días, de modo que tiene que transportarse en avión desde el ciclotrón que lo produce hasta el punto de consumo. En el curso de la descomposición radiactiva del 18Fluor, se produce un torrente de positrones. Estos son antielectrones, es decir, partículas subatómicas idénticas a los electrones solo que con carga positiva, parte por lo tanto de esa antimateria que nació junto con la materia en el momento del bigbang y que la acompaña a todas partes, en minoría y sumida en el misterio. Lo que sucede en los tejidos tumorales del paciente es que un positrón, nacido de una molécula en descomposición radiactiva de la 18FG, choca con un electrón de las células tumorales del paciente. Y de este choque resultan dos fotones de alta energía que se propagan en direcciones opuestas y son detectados por los sensores de fotones gamma diametralmente situados del PET. Así se generan señales luminosas que perfilan claramente el volumen y la forma de un tumor metastásico, detectándolo con gran precisión.


Toda esta maravillosa explicación está siendo ya demasiado larga para la longitud que debe tener la entrada de un blog. Pero con todo lo maravillosos que son los fundamentos científicos del proceso de un PET, lo que lo hace tecnológicamente posible es el software que analiza la inmensidad de datos adquiridos y los integra en una imagen fiable de la realidad tumoral. El PET-TAC funciona como un sofisticadísimo robot. Realiza una tarea complejísima, pero la única intervención humana que necesita es la del enfermero que inyecta en el paciente la solución radiactiva y el médico que interpreta la imagen integrada del cuerpo del paciente, buscando y evaluando los focos de actividad tumoral.

He traído toda esta historia aquí porque me ha hecho reflexionar mucho sobre los tiempos que estamos viviendo. El PET-TAC es un buen ejemplo de la nueva revolución industrial en mitad de la cual ya nos encontramos, que es una REVOLUCIÓN ROBÓTICA, apoyada en general en los muchos avances de la tecnociencia y en particular en los desarrollos espectaculares del hardware y el software.

Si analizamos la realidad que nos rodea, sobre todo en las zonas más urbanas y tecnológicamente avanzadas de nuestro planeta, encontramos muchos ejemplos más. Desde la aeronave intercontinental que nos lleva de un extremo a otro del mundo en pocas horas, hasta los generadores eólicos o fotovoltaicos de electricidad, pasando por nuestros teléfonos celulares y nuestros ordenadores de sobremesa. Y es mucho más lo que nos va a llegar pronto. En California he visto hace poco más de un año los automóviles Tesla, que no necesitan la atención del conductor, circulando ya como fantasmas tan robotizados como seguros por las gigantescas autopistas.

¿Qué significa todo esto? Ante todo un cambio de época, nada menos, la entrada en un mundo en el que el trabajo humano es mucho menos necesario y tiene que ser mucho más especializado y a la vez sofisticado. La consecuencia inmediata es que en muchos países avanzados mucha gente se está quedando sin trabajo. A la vez, como muchos países atrasados están sometidos a las presiones terribles de la guerra y la miseria, la presión inmigratoria sobre los países avanzados que favorece un alto nivel de paro y una degradación continuada de los salarios, no hace sino crecer, en un círculo vicioso que genera los muchos movimientos populistas que, desde Trump hasta Maduro pasando por Le Pen y el español Podemos, cada uno con sus matices más de izquierda o de derecha, estamos viviendo.

El futuro es impredecible. Yo solo veo con claridad dos cosas, en mi opinión las únicas capaces de hacer posible la entrada en una nueva época luminosa y liberadora, no solo para los humanos sino para la Tierra entera. 

La primera es una globalización radical de la conciencia moral del mundo, sobre la base de la noviolencia. 

La segunda, una revolución radical en la educación, que deberá ser permanente y totalmente distinta a lo que ahora mismo entendemos.

 ¿Será todo eso factible?

 ¿Por qué no, si ya es pensable?


Además, lo que estamos viviendo no es nuevo. En mitad del S. XIX se desarrollaba en Inglaterra con enorme dinamismo la primera revolución industrial. El gran Charles Dickens fue testigo en sus novelas de las miserias que acompañaron a aquella época luminosa. Mucha de la población rural había emigrado a las grandes ciudades inglesas en busca de nuevas perspectivas. Lo que encontró fue, en buena medida, explotación, trabajo descarnado de los niños, hambre, miseria, desamparo. Hizo falta más de un siglo, dos guerras mundiales con decenas de millones de muertos y un par de totalitarismos terribles, el de Hitler y el de Stalin, para que las nuevas esperanzas tecnológicas se convirtieran en avance social. Marx creyó ingenuamente que la revolución era un asunto científico y tecnológico, inspirado quizá por los gigantescos éxitos científicos de Newton y Darwin. Se equivocaba. El avance social es, en lo más hondo de sí mismo, un problema moral.

1872.- Gustavo Doré.- Wentworth Street, Londres.- Museo Británico