domingo, 3 de diciembre de 2017

Gritos de dolor

Tras hacerme una biopsia de hígado, me han traído a la sala de observación del hospital. El protocolo exige que permanezca aquí durante un mínimo de cinco horas, para prevenir la posible, aunque no probable, aparición de una hemorragia. Me encuentro bien, tendido como estoy en la gélida cama sobre la que me han depositado. Son seis en esta sala, la mía numerada con el cuatro, solo tres ocupadas. El tiempo pasa vacío de acontecimientos, lleno de espera, lo que me lo hace larguísimo. Transcurren dos horas y yo pienso en que todavía me quedan tres. No me aburro, pero me cansa este transcurrir chato, desprovisto de perfiles, lleno de soledad.

De pronto todo cambia. Los enfermeros dejan en la cama número uno, justo frente a la mía, un nuevo paciente. Tendido bocarriba como estoy, no puedo ver mis alrededores. Quien acaba de llegar se queja mucho y parece como si los enfermeros estuvieran intentando quitarle una sonda vesical. Oigo su voz, es de mujer madura. Tal y como yo los interpreto, esos quejidos suyos dirigen la acción de los que con mucha paciencia tratan de liberarla. Así transcurre un buen rato, hasta que, sin haber llegado todavía al final, deciden darle unos minutos de descanso.

Se hace así un silencio que lo es de paz pero que, súbitamente, se rompe en pedazos de sufrimiento. Ahora la mujer empieza de nuevo a quejarse. Sus lamentos van creciendo y haciéndose más frecuentes, hasta que se convierten en una frase que ella repite una y otra vez,

<< Señor, ayúdame!... Señor, ayúdame!... Señor, ayúdame!... >>

Me impresiona la intensidad con la que los lamentos van dirigidos a ese Señor al que la mujer clama, su unidireccionalidad, que me hace sentirme espectador de un diálogo en el que nadie más podría entrar.

De pronto, esta oración acelera su ritmo y enseguida se deforma en un quejido intensísimo, un lamento que ya no es humano, una mezcla de berrido y aullido absolutamente animal, altísimo en volumen, escandaloso, alarmante.

Enseguida vuelven a ella los enfermeros, oigo sus movimientos que son de ayuda y sus voces suaves, que intentan y consiguen tranquilizarla.

Sigue un corto silencio, y enseguida la voz de la mujer suena de nuevo y ahora sus lamentos se han convertido en lo que parece una oración,

<< Señor, perdóname!... Señor, perdóname!... Señor, perdóname!... >>

Con esta sucesión dramática de lamentos y oraciones transcurre un buen rato. Los enfermeros van consiguiendo con paciencia sus objetivos. A medida que el sufrimiento se va aliviando, la mujer intercala en su conversación trascendente peticiones de perdón a los que la están curando, como si ella, al ser dominada por su dolor, hubiera cometido una falta.

La situación se va aliviando poco a poco, pero la voz de la mujer muestra por una parte su agotamiento y por otra su miedo a que el dolor vuelva de nuevo. Es en estos momentos cuando los lamentos de la mujer se hacen de nuevo un grito que, sorprendentemente, formula así,

<< Ayúdame, Señor!... ayúdame, Señor!... ayúdame, Señor!... >>

Lo que me sorprende de esta segunda petición de auxilio es que su construcción está invertida respecto a la primera. Como si esta primera se reconociera a sí misma como la entrada en el dolor, mientras que la segunda supiera también que ya está en el camino de salida. Y me sorprende porque muestra hasta qué punto el sufrimiento no lo es del órgano corporal que está en problemas, sino del cerebro, de la mente, del alma que está experimentando, con un protagonismo único, el peso del dolor, y que como tal cerebro humano que es, con toda su potencia, lo interpreta, lo racionaliza, lo somete a un orden e intenta contenerlo dentro de unos límites temporales.

Esto es todo lo que quería contar desde que, hace ya casi dos semanas, tuvieron lugar los acontecimientos que narro. Escribí enseguida, para no olvidarlas, las tres frases que pongo aquí en cursiva. Pero sabía que necesitaba un tiempo para ser capaz de narrar e interpretar aquellos hechos. Ahora ha llegado el momento. Solo me queda por añadir que me impresionó mucho el sufrimiento de aquella mujer, vivido por mí desde tan cerca y a ciegas. Y que llegué a sentir compasión por ella, expresada en una misteriosa necesidad de compartir ese dolor. Eso es lo que intento hacer ahora.

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El dolor humano, me refiero al que se manifiesta como dolor físico, es un sistema de alarmas. Lo reconocemos por las señales electroquímicas que llegan a nuestro cerebro  desde otras partes del sistema nervioso, éstas conectadas directamente con la fuente orgánica del dolor. Interpretamos nuestro dolor desde nuestro cerebro, donde aquél induce una reacción que lo es de alarma y que se manifiesta en un grito. Alarido, aullido, desgarro, este grito de dolor tiene infinitos matices. A veces hasta tiene un texto.

Respecto al dolor físico, cada individuo humano tiene dos fuentes de conocimiento radicalmente distintas: el dolor propio y el dolor de los demás. El grito de dolor no es solamente un mecanismo de alarma. Sale desgarrado de una garganta humana también en busca de la ayuda de otros. Pero el simple hecho de gritarlo ya da consuelo, aunque sea el que lo emite un náufrago, solo y sin posibilidad de ayuda. Y en el otro extremo de ese grito, se inducen dos reacciones bien distintas, hasta opuestas, en el que lo escucha: ponerse en disposición de ayudar o aterrorizarse y huir.


En cualquier caso, el grito de dolor es la forma de expresarse de un humano en uno de sus momentos más íntimos y decisivos. Ya lanzándolo, ya escuchándolo y reaccionando frente a él. 

Nada más que por eso ya tiene un interés particular.


Frida Kahlo (1944).- La columna rota
Además de una artista inmensa, Frida fue una gran conocedora
del dolor en su propia carne, lo que plasmó en muchos de sus
autorretratos.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Creencias frente a convicciones

Ahora que nuestra vida diaria, aquí en España, está salpicada continuamente por lo que hacen o postponen, dicen o callan, los políticos, se me ocurre pensar en la necesidad de la acción.Un político debería ser capaz de distinguir entre su ideología y su acción de gobierno. Pero el mismo problema tenemos la gente de a pie, los vulgares ciudadanos. Entre ellos yo, que debería discriminar entre mis sentimientos y creencias, por un lado, y mis compromisos y objetivos, por el otro.

Los políticos se convierten en peligrosos fracasados cuando les importa más su ideología que el servicio a su país. Y la gente corriente, como yo, se topa con la frustración cuando lo que le mueve en el mundo es nada más que un puñado de creencias apilado contra otro de sentimientos.

No es que yo desprecie la ideología en los políticos o las creencias en los ciudadanos. Muy al contrario: creo que son una base indispensable para el compromiso y la acción. Pero estos últimos exigen mucho más. Requieren convicciones, propósitos y metas. Por la otra cara de la moneda heraclitea, también necesitan de nuestra habilidad para descubrir a tiempo si el camino que hemos tomado lleva o no a esa meta nuestra. Un camino del que no existe mapa y por eso exige exploración, tanteos, idas y venidas continuados. Las mejores botas para esta tarea son las de la capacidad de autocrítica, el complemento indispensable y permanente de la fuerza de voluntad.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Televisión y mentira

Creo que mi mayor decepción en estos días críticos que está viviendo España a causa de los secesionistas catalanes, me la están produciendo los medios de comunicación, particularmente la televisión. La mayoría de las cadenas de televisión españolas, destacando las más vistas, es decir, las más populares, han trivializado lo que está pasando convirtiéndolo en una especie de reality show. Informan a un ritmo trepidante sobre los forcejeos, las tácticas, los enfrentamientos dialécticos entre los dos bandos, pero lo hacen como si lo que narran fuera, en lugar de la tragedia histórica que realmente es, una suerte de partido de fútbol, de espectáculo deportivo de masas, en el que no hay razón frente a sinrazón, o si se quiere, enfrentamiento entre dos razones contradictorias, sino simplemente un forcejeo emocionante que terminará dando un ganador y un perdedor, en el mejor de los casos un simple empate, es decir, nada. Lo que venden, porque lo venden en el sentido de que su único objetivo es el crematístico,  no es otra cosa que ese puro espectáculo. Y lo cobran en porcentajes de audiencia, que se traducen para ellos en más demanda de espacio publicitario por los fabricantes de los grandes productos de consumo (automóviles, alimentos, bebidas, etc), un espacio que les pagan a precio de oro.

Y me parece que se justifican moralmente ante ellos mismos intentando convencerse de que el buen periodismo es el que se limita a exponer lo objetivo que contienen las noticias.  Pero esto es una tremenda falacia, una muestra bien clara de su hipocresía moral. Porque la mayoría de las noticias que se publican, mucho más si lo que destacan es el espectáculo, están sesgadas. Yo no dudo que pueda existir el buen periodismo, pero ese no es el periodismo que lo que intenta (por todos los medios) es ser un buen negocio vendiendo medias verdades que, son, siempre lo han sido, la más peligrosa de las mentiras.

La televisión, cuando se estableció en Europa a finales de los 1950s, fue recibida con grandes esperanzas por mucha gente bienintencionada. Se la veía como un instrumento poderosísimo para la educación y el desarrollo cultural de los pueblos. Pero en lo que se ha convertido, con honrosas y escasas excepciones, es en una basura que lo que hace es entontecer y corromper a esos pueblos.


Una amenaza para el futuro de todos. Tanto más peligrosa cuanto con más artificios intenta convencernos de que lo que nos cuenta es la pura verdad.

 ¿Pura? ¿En serio?

domingo, 29 de octubre de 2017

La oración del Padrenuestro

Escribí en este blog sobre la oración en general hace algún tiempo (Noviembre 2014). Entonces mencioné el Padrenuestro, la oración cristiana por antonomasia, la que nos enseñó y recomendó Jesús en los Evangelios (Mt 6, 9-13; también Lc 11, 1-4). Yo, que siempre he rezado, también he tenido casi desde siempre el Padrenuestro como mi oración dominante, al igual que los hermanos Cartujos y otros muchos cristianos (católicos, protestantes, anglicanos, ortodoxos, nestorianos, coptos) a lo largo del ancho mundo y su tiempo. Es una oración fascinante, profunda y misteriosa, que cuanto más la rezas y con más ahínco lo haces a lo largo de tu vida más descubres en ella nuevos aspectos que te sorprenden e iluminan. De eso es de lo que quiero escribir hoy.

Empezaré por mostrar el Padre nuestro tal y como lo rezo yo:




Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo.



Y no nos dejes caer en la tentación,

 Mas líbranos del mal.

Y ahora diré cómo lo voy interpretando cuando lo rezo despacio, que no es siempre, cuando lo hago con atención, descansando en sus palabras, intentando sumergirme en su significado.

Padre nuestro que estás en los cielos
El Dios único es el Creador de todo lo que existe, por eso es nuestro Padre. Él no existe, sino que es, y lo es en los cielos, que quiere decir fuera del espaciotiempo.

Santificado sea tu nombre
Este Dios nuestro es el del Antiguo Testamento, el mismo Dios de los judíos, el Dios único. Tan grande, tan inmenso, que lo único que podemos hacer con respecto a Él es darle un nombre y santificar ese nombre en nuestra vida.

Venga a nosotros tu reino
Quien viene es Cristo, el Mesías, Dios en nosotros. Y viene para traernos su reino, que es la vida eterna.

Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo
La voluntad de Dios es el Espíritu Santo, el que fecundó a María, iluminó a los cristianos en Pentecostés y nos trae diariamente, a cada uno, la Gracia. Esa voluntad es un propósito, y lo tiene Dios tanto para el espaciotiempo que nos alberga, la Tierra, como para lo que está fuera del espaciotiempo, el Cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy
Este pan representa todo lo que necesitamos para seguir viviendo. Material (vestido, alimento, albergue, etc) y también inmaterial (ánimo, voluntad, propósito, alimento espiritual en definitiva, representado para los cristianos por la Comunión). Pero pedimos el nuestro, no el mío, es decir, queremos compartir todo lo que necesitamos con los demás. Y no queremos atesorarlo, por eso lo pedimos simplemente para hoy.  Por último creemos que aún siendo nuestro, es un don de Dios.

Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores
Dios es misericordioso, su capacidad de perdonar nuestras deudas es inagotable. Pero el contrato que hacemos con Él es que no demandaremos su misericordia en tanto no seamos capaces de perdonar a nuestros deudores. En definitiva, de lo que aquí se trata es del amor fraterno.

Y no nos dejes caer en la tentación
Esa tentación tan humana que nos aleja de la voluntad de Dios y por eso representa una caída.

 Mas líbranos del mal.
Y el mal con su misterio. Que Simone Weil interpreta como que, siendo la Creación un retirarse de Dios, un acto de su generosidad, el Mal es posible en ese Universo que no es Dios y consecuencia inescapable de la libertad que ese Universo tiene.


1880.- Fridolin Leiber.- Pater Noster
Leiber pintaba láminas piadosas que publicaba la editorial Edward Gustav May, en Frankfurt.
Esta representa la oración del Padrenuestro. Las escenas laterales representan, primero de izquierda a derecha y después de arriba abajo, los ocho versículos que contiene la oración, tal y como están escritos en mi texto, aunque aquí lo hacen en alemán..

El laberinto catalán

Llevo semanas sin poder escribir entrada alguna de mi blog. La causa ha estado en Cataluña. Lo que ha ido aconteciendo allí ha sido increíble. Ahora se ha llegado al final del primer acto de la tragedia, esa declaración unilateral de independencia por el gobierno regional catalán, que es una infamia y por lo tanto una vergüenza. Seguida inmediatamente por una reacción del Estado, la proclamación del Artículo 155 de la Constitución que implica el establecimiento de un estado de excepción en Cataluña Todo esto es ya el comienzo del segundo acto de la tragedia, iniciándose un período de gran incertidumbre que puede acabar mal, o lo que sería todavía peor, no acabar. El único consuelo, la sola esperanza, es que todo lo que va a pasar sirva para construir un futuro razonable, algo que funcione al menos durante los próximos cincuenta años.

Me siento incapaz de darle una estructura ordenada a estas líneas. Lo que me pide el cuerpo es que deje hablar al corazón, aunque intentaré que la cabeza lo acompañe. Voy a disecar los elementos que componen el laberinto catalán con la curiosidad y la pasión con que lo haría uno de aquellos anatomistas que pintó Rembrandt.

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Primero está el casticismo. España es castiza como lo es Cataluña. Somos gente de patria chica, de adhesiones inquebrantables a los símbolos que definen nuestra aldea.  Los castizos más extremosos llegan a ver amenazante y hasta odioso todo lo que está más allá de los cerros que trazan las fronteras de su terruño. Tienen su montón de símbolos intocables: su equipo de fútbol, su virgen patrona, sus platos típicos, sus tradiciones 
Silbidos y pitos al Rey y al Himno Nacional en la final 2012 de la Copa del Rey en el Camp Nou del Barcelona
locales. En mi Andalucía, los malagueños odian a los sevillanos y los granadinos a los malagueños, sin que se haya podido averiguar el porqué, mientras que los sevillanos persisten en atrincherarse en sus grandezas pasadas y sus reliquias. Fuera de ella, los nacionalistas vascos se creen los reyes del mambo, despreciando al resto de los españoles con sus montañas como murallas, sus bosques como refugios, su presunto Rh negativo como imagen de marca, y sus enrevesados apellidos y una lengua de pastores que en realidad no puede hablar casi nadie como barrera étnica contra los maketos y otra gente inferior. Y los nacionalistas catalanes se sienten, desde siempre, la vanguardia de España, lo más industrioso, laborioso e inteligente que España ha parido; pero atención, en contraposición a los nacionalistas vascos, los catalanes no ven como inferiores a los que los rodean, sino que se sienten superiores a ellos: el matiz es muy importante.

Naturalmente, andaluces, vascos y catalanes tenemos virtudes a las que no me refiero aquí y que quizá hasta superan a nuestros defectos. No hablo del resto de los españoles para no alargar indefinidamente este memorándum aunque, en mi opinión, ese resto de los españoles es mucho menos castizo que los tres vértices del triángulo carpetovetónico que he intentado definir.

 Para que un país así sea gobernable es imprescindible una acción política que saque a la gente de su terruño, haciéndole ver que la rodea un mundo mucho más grande, diverso y prometedor de lo que ella supone, el cual está mucho más cerca y es mucho más accesible de lo que ella imagina. Esta acción política integradora tiene que empezar por la educación de los niños y los jóvenes. Pues bien: en la España del siglo XXI las cosas suceden exactamente al revés. Porque está dividida en diecisiete Comunidades Autónomas cada una de las cuales tiene poder absoluto sobre la educación primaria y secundaria. Como consecuencia de ello, muchos niños y jóvenes han perdido su sentimiento de españoles; éste es muy particularmente el caso en Cataluña y el País Vasco, donde la educación de los jóvenes se ha manejado durante años con objetivos nacionalistas, es decir, desintegradores de esa gran nación común que se llama España.

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Ese sentimiento que tienen los nacionalistas catalanes de superioridad frente al resto de los españoles los lleva a una soberbia suicida y además no está sustentado ni por la antropología ni por la historia. Esta falta de fundamento real lo hace todavía más alocado y perverso.

Cataluña, como tierra de paso que siempre ha sido, es una mezcla de gente de orígenes muy diversos. Y como una de las dos puertas de entrada en la península Ibérica desde Europa, la otra es la vasca, ha sido adelantada en la modernización e industrialización llegadas del Norte. Un movimiento éste impulsado desde la misma España, con el apoyo permanente de los gobiernos de Madrid, y que ha traído hasta Cataluña muchos emigrantes procedentes de otras regiones españolas más pobres. Consecuencia de todo ello es el hecho de que hoy los treinta apellidos más comunes en Cataluña son castellanos, y que más del 60% de la actual población de Cataluña ha emigrado hasta ella desde el resto de España a lo largo del siglo XX; se trata de los despectivamente llamados charnegos, que se concentran principalmente en Barcelona y sus alrededores. De manera que, simplificando inevitablemente las cosas, nos encontramos con dos orígenes bien distintos para los nacionalistas y separatistas catalanes: una burguesía catalana muy ligada a los negocios, puesto que en Barcelona dejó de hacerse política durante los cuarenta años de franquismo; y gente trabajadora de origen charnego, antes proletarios y hoy clase media, que quieren reafirmar con su compromiso político una identidad catalana de la que se sienten inseguros.

En cuanto a lo histórico, recurro a lo que escribió en sus memorias (El mundo visto a los ochenta años) y en 1934 don Santiago Ramón y Cajal, nuestro insigne premio Nobel de medicina. Cataluña no destacó especialmente en el conjunto de España hasta la segunda mitad del siglo XIX. Entonces la burguesía catalana inició una industrialización que la llevó al dominio económico de lo que quedaba del imperio español, Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La pérdida en 1898 de la guerra con USA y de estos territorios creó una crisis económica en Cataluña, que los gobiernos de Madrid compensaron con un proteccionismo para las manufacturas catalanas en el conjunto del mercado español. Inevitablemente, Cataluña se convirtió así en un polo importante de poderío económico e industrial, a costa sin duda del desarrollo de otras regiones. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, Cataluña estuvo plenamente integrada en España, como región dominante en lo industrial y económico y participante muy activa en lo político y lo militar (recordemos como ejemplo al general Prim). En 1934, y simultáneamente con el levantamiento comunista revolucionario de los mineros de Asturias, Cataluña con su presidente Companys intentó, si no independizarse de España, sí crear un estado casi independiente; yo creo que lo hizo movido por una burguesía catalana que veía con terror el acercamiento de una dictadura del proletariado en el más puro estilo estalinista, ése que llevó en 1936 al Frente Popular y a continuación a una terrible guerra civil. A Companys le costó la cárcel y después la vida.  Ya en la segunda mitad de este siglo, Franco favoreció sin duda los intereses económicos catalanes, pero la política, dado el régimen dictatorial, estaba inevitablemente concentrada en Madrid. Eso es lo que ha ido llevando a una desconexión creciente entre Barcelona y Madrid, que lo es entre Cataluña y el resto de España. De todo lo escrito yo concluyo que no puede hablarse de un agravio a los catalanes por los poderes políticos centrales de España; al contrario, lo que ha habido es un proteccionismo. Aunque una de las consecuencias de la dictadura ha sido que la burguesía catalana se encerrara en sus negocios y en su casticismo, con las terribles consecuencias que eso está teniendo en estos días.

Finalmente, una consideración económica: tanto Cataluña como Vascongadas son regiones frontera entre España y Francia. Por eso, lo mismo que existe un país vascoespañol existe otro vascofrancés, y lo mismo que un país catalanoespañol existe otro catalanofrancés. Pues bien: toda la excelencia económica de los lados españoles se vuelve mediocridad en los franceses, que no destacan en nada dentro de la brillantísima Francia. He aquí un argumento de peso, que en definitiva es antropológico, a favor de la idea de que el desarrollo sobresaliente de Cataluña y el País Vasco son consecuencia de su pertenencia a una España que los ha protegido, apoyado y engrandecido.

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Querría terminar afirmando que una mayoría de los catalanes, es decir, de los ciudadanos españoles que viven en Cataluña, no son nacionalistas, mucho menos separatistas. Pero estos últimos se mueven, mientras que los primeros no lo hacen, al menos no lo han hecho hasta ahora. Durante los últimos cuarenta años de democracia constitucionalista en España, los gobiernos centrales no han hecho nada para enfrentar el problema del separatismo con herramientas políticas. Se trata del PP (centroderecha) y el PSOE (izquierda moderada), que se han ido alternando en el poder desde los 1980s hasta hoy. Sí han sido capaces de unirse para acabar policialmente con el terrorismo de ETA. Pero en lo estrictamente político han sido incapaces de cooperar en temas de estado, como lo es el del nacionalismo. La consecuencia es que poco a poco, a base de concesiones a las regiones más fuertes (Cataluña, País Vasco y Madrid) y de “café para todos” que compense de algún modo el agravio comparativo de las más débiles, se ha ido consolidando un estado autonómico carísimo, irracional y en última instancia ingobernable. En el que pulula y sobre el que vive una clase política demasiado numerosa y muy poco capacitada. Aquí es donde está, me parece a mí, el corazón del problema.

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España necesita un Estado y unos partidos políticos mayoritarios que recuperen muchas de las competencias que se han ido cediendo a las autonomías. La enfermedad con la que nos enfrentamos no es Cataluña, que se queda en síntoma de una patología mucho más profunda, la del estado central. El reino de España es demasiado pequeño y pobre para permitirse diecisiete ineficaces y enfrentados virreinos autonómicos. Esto es lo que hay que reformar. No lo hará la clase política en cuanto a tal, que se ha convertido en clase en el sentido marxista, con intereses propios que defender. Tampoco podrá hacerlo una autocracia, porque España es ya un país socialmente avanzado, integrado en la Comunidad Europea. Solamente podrá hacerlo media docena de verdaderos hombres (y mujeres) de estado que, liderando unos pocos partidos fuertes y abiertos,  sean valientes, tengan buena salud, compartan una visión del futuro sencilla y sensata y vayan, llevándonos a todos los demás, a por ella.

lunes, 4 de septiembre de 2017

El transcurrir del espaciotiempo

Mi ritmo de publicación en este blog ha disminuido. Mis lectores más fieles se preguntarán qué ha sido de mí y algunos pueden hasta llegar a preocuparse. Por eso quiero darles noticias mías. Me encuentro bien, aunque sometido a una continuidad de tratamientos quimioterápicos que inducen en mí una inevitable laxitud. El objetivo de la quimio es detener el crecimiento de las células tumorales, matándolas si es posible. Lo inevitable es que, falta de especificidad, también afecta la quimio a muchos tejidos sanos que necesitan crecer para renovarse: las células que tapizan tus mucosas, esa piel interior de tu cuerpo; las que forman tu cabello, tus glóbulos rojos y tu sistema inmunitario; las muchas que tienen que multiplicarse en ese todo tan complejo que es un cuerpo humano.

Trataré de contar mis novedades.

Empezaré por mis altibajos, que son ahora mucho menos psicológicos y más fisiológicos. Palpito al ritmo de los ciclos de quimioterapia, con sesiones cada dos o tres semanas, que me van llegando como grandes y solitarias olas de tempestad. Mi ánimo se mantiene estable pero expectante, atento a los acontecimientos, en una alerta permanente pero tranquila.

Luego está esa sensación de final de carrera. Ese reconocerte como próximo a tu meta física, a la que esperas encontrar tras cada una de las curvas o esquinas de tu camino, pero que de momento no se deja ver. Presientes la cercanía de la muerte con una naturalidad que ya no te sorprende. No te sientes viejo, menos todavía moribundo, porque no lo estás. Te asombras un poco al reparar en que la muerte es en muchos casos, ojalá en el tuyo, la culminación de la vida, y de esto te vas dando cuenta cada día, casi cada hora. Pero te asombras todavía más al evocar cómo en tu juventud, hasta en tu madurez, eras totalmente ajeno a este tipo de consideraciones.

Entonces descubres que lo que verdaderamente eres tú es un viajero en el espaciotiempo, como lo son desde tus semejantes hasta los millones de millones de cuerpos celestes que pueblan el firmamento. Aquellos mismos astros que viste en su profundidad, muchas veces entre nubes, en las noches oscuras y prodigiosas de Chiloé, y que ahora, en tu ciudad española de luz artificial, difusa y perenne, se te ocultan y solo puedes imaginarlos.

Ese espaciotiempo que, como Kant descubrió, es consustancial a nuestra existencia, te llama ahora poderosamente la atención. Tu muerte no va a ser sino tu expulsión definitiva del espaciotiempo. Te dolerá en los afectos que dejes muchísimo más que haya podido dolerte la extracción de la más maldita muela. Pero además te haces la misma pregunta que se ha hecho la mayoría de los humanos que ha estado antes que tú en tus circunstancias: si es que hay algo más allá de ese espaciotiempo al que naciste.

Tú quieres creer que sí, porque eres un hombre de fe. Pero eso no significa que seas capaz de hacerte una idea de la naturaleza de ese más allá. Incluso crees que te sería imposible siquiera barruntarlo desde dentro del espaciotiempo en que ahora estás.

Tu fe te dice que hay una vida eterna que no es espaciotemporal. También que esta vida eterna, aunque le haya sido prometida por Jesús a todos nosotros, hay que ganársela personalmente. Dudas de que esto pueda improvisarse a última hora, aunque tampoco crees que tenga que irse haciendo, paso a paso, a lo largo de toda una vida. Y es que la expresión ganarla o perderla, ahora lo ves, carece de sentido en este caso. Por eso concluyes que, siendo el significado de la muerte el de una salida violenta del espaciotiempo, te será imposible predecir con qué  vas a encontrarte en el más allá, si es que acaso te encuentras con algo.

Todo esto te lleva a rezar. Descubres la profundidad de la oración, su poder. Rezas durante una parte de tu paseo cotidiano con Curro, y al hacerlo no puedes evitar distraerte con lo que te rodea o con tus pensamientos, pero sabes que pese a todo este ruido tu oración no pierde su valor. Quizás como el om mani padme om que sigue el ritmo de los molinetes tibetanos de oración, al menos así te lo imaginas. Intentas rezar con tranquilidad, sin dobles intenciones, te esfuerzas en ello. Y entre tus oraciones se intercala con frecuencia una petición constante, pero nunca angustiada, de misericordia. Esa misericordia que, ya en el Antiguo Testamento, era vista como una manifestación en el espaciotiempo de Dios mismo.

Además, como telón de fondo de todo lo escrito hasta ahora, vives intensamente tu vida cotidiana, tus tareas pendientes, tus estudios, tus lecturas, tus relaciones con la gente a la que quieres, tu ir y venir, tu comer y dormir, tu soñar, tu imaginar, las tardes, las noches, los amaneceres, los días, el calor y la lluvia, el cielo y el suelo. Tus deudas pendientes, tu pasado, lo que fue, lo que pudo ser, lo que no pudo. Tus esperanzas, tus ambiciones, tus éxitos. Y dedicas el tiempo que te sobra, cuando tienes ganas, a reorganizar tu biblioteca a la vez que manoseas y relees fugazmente los libros que te dejaron marcadas sus huellas.


Bello, apasionante, que es ese vivir en el espaciotiempo. Bendito sea.

Quizá haya sido ésta, desde muy joven, mi pintura favorita:
El Senecio de Klee.

sábado, 19 de agosto de 2017

Barcelona y el odio

La imagen corresponde al incendio de este verano en el Coto Doñana, cerca de Sevilla.
Pero quiere representar a la Destrucción, en su sentido más universal.


Finalmente, lo que tenía que pasar pasó. El terrible atentado de Barcelona estaba al caer, eso lo sabían todos los que querían saberlo. Y según lo que nos cuentan, si no hubiera volado por los aires la casa donde los terroristas preparaban sus explosivos, habría sido todavía más sangriento.

Los capturados hasta ahora por la Policía, todos o casi todos ya muertos, han sido los ejecutores materiales del atentado, un puñado de jóvenes de origen marroquí sin preparación militar ni ficha policial previa. Las características conocidas del asunto hacen inevitable la conclusión de que formaban parte de un grupo terrorista organizado. Posiblemente dependían organicamente del ISIS, es decir, tenían unos enlaces y unos inspiradores que muy probablemente no aparecerán nunca.

Las víctimas, quince mortales, otras tantas en estado muy grave y hasta un centenar más de heridos, pertenecían a casi treinta naciones distintas y representaban fielmente al tropel de turistas que llenaba estos días Barcelona, es decir, al ancho mundo. Todos, indudablemente, inocentes hasta la mismísima médula de sus huesos. Pero de eso precisamente se trataba, de cometer un crimen inútil, injustificable. Algo que pusiera claramente de manifiesto el alcance diabólico, refinado, ciego y bestial, del odio químicamente puro.

Porque ha sido el odio quien se ha asomado a Barcelona. El odio es el rey de los demonios. Cuántas veces lo hemos visto saltar como una chispa en un rincón cualquiera para ponerse a recorrer el mundo aleatoriamente, como un remolino al rojo vivo, creciendo y creciendo y destruyéndolo todo a su paso. Luego nosotros los humanos podemos analizar el asunto con nuestras herramientas, racionalizarlo, encontrar mil motivos más o menos ocultos que expliquen, sin justificarlo, lo que ha sucedido. Pero esto no es sino un ejercicio de autocompasión que nos permite mantener a salvo nuestras esperanzas.

El odio no tiene explicación. Como fuerza ciega que es lo único que tiene, aquí y ahora, es un comienzo y un final. Aparece inesperadamente, destruye y vuelve a esconderse. Hasta que reaparece de nuevo.

Merece la pena detener el pensamiento en este asunto. Sin sobrecogerse, sin salir a la búsqueda de una explicación. Simplemente oliendo, palpando, viendo y escuchando al odio.